lunes, 28 de octubre de 2013

Ante los ocasos

Armesilla mira como cae leve la nieve sobre vivos y muertos...
¿Qué ocurre cuando van muriendo aquellos que, para bien o para mal, en mayor o menor grado, han estado ahí desde que naciste, que han formado parte de tu Mundo Entorno cultural-mediático desde la infancia, que han entrado por tu retina o por tus oídos desde que tienes "uso de razón" y que pertenecen a un pasado siglo que hace trece años que pasó a mejor vida, un siglo que nos dijo adiós realmente en 1991 con la caída de la Unión Soviética y que murió para no regresar jamás el 11 de septiembre de 2001? ¿Qué ocurre cuando esos pequeños "númenes" de los mass media, de la "cultura", pop o no, se van para no regresar jamás, para ser conceptos históricos del pasado y ya nunca más del presente?



Todos ellos, cada uno en su campo, han participado en la Historia que ha conformado nuestra forma de ver el Mundo y, todos ellos, han entrado en nuestras casas desde la Televisión, esa lente de aumento donde la apariencia, la verdad y la mentira se entretejen, se confunden y se distancian sin que a veces percibamos esos movimientos.



Y todos ellos en nuestro siglo XXI participaron de ello, aunque su "labor" empezó ya en un siglo XX que, cada vez más, se nos alejan. Un siglo en el que muchos nacimos, nos empezamos a socializar y empezamos a tener conciencia de lo que somos, de quiénes nos rodeaban y de cuál podría ser nuestra vida. Y ha sido en ese siglo cuando el peso de generaciones pasadas hemos podido experimentarlo en nuestro ser, llevándolo con nosotros a otro siglo que, apenas, ha comenzado, pero ya tiene sus propios perfiles. Notas que algo se acaba cuando ya quienes en ese algo participaron se convierten en pretérito.



Es el paso del tiempo a través de aquellos medios por los que hemos conocido a todas estas personas, o a sus apariencias, lo que nos marca, en buena medida, el reloj del tiempo que ya no nos queda. No trato de remover conciencias con esta reflexión, pero sí reflexionar en voz alta por lo que supone, hoy, que alguien a quien no presté mucha atención en vida, como es Lou Reed, ha muerto, y que por el mero hecho de pertenecer a ese panteón generacional que entra en nuestras casas a través de la lente de aumento de las apariencias, mentiras y verdades que es la televisión, su fallecimiento me ha impresionado.

Santiago Armesilla, filósofo

Michael Fury no ha muerto del todo...

Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecieron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose. 
Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.



James Joyce, los muertos en Dublineses


Mesa de Redacción de AptsFelguerinos

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