lunes, 18 de agosto de 2014

Escuela de Hipogrifos: Desentrañando a Menón I



El Menón es un diálogo escrito por Platón, que lleva como subtítulo explicativo “De la virtud (o excelencia)”, y está considerado como un texto de su época de transición, fase posterior a la época de juventud en la que Platón prácticamente reproduce la doctrina de su maestro Sócrates, y anterior a la fase de madurez en la que plenamente aparece definido su sistema filosófico.




¿Por qué en escrito?




Una primera cuestión a analizar en este diálogo, y que podría ser de aplicación en el análisis de cualquier otro diálogo escrito por Platón, es la razón misma de su existencia como texto, es decir, ¿por qué Platón escribió este diálogo, así como los demás? Y, para expresarlo de forma más clara, la pregunta sería: ¿por qué escribió Platón? El objeto de esta pregunta se deriva de las características de la doctrina del maestro de Platón, Sócrates, que como toda persona con estudios medios sabe, no dejó nada escrito. La razón de que no poseamos textos de Sócrates no es por capricho o por algún accidente trágico sobre sus obras. Sócrates era contrario a la utilización de textos para el desarrollo o difusión de sus teorías o doctrinas. Esto es debido a que la base para el desarrollo o desenvolvimiento de sus teorías era el método dialéctico que utilizaba. Este método dialéctico se desarrolla a través de la conversación y discusión con otras personas, y la obtención de conclusiones o la resolución de contradicciones está íntimamente imbricada con los conceptos, teorías u opiniones que maneja el otro interlocutor, de manera que es partícipe y coautor, quizá sin desearlo, de los avances y resultados que se van obteniendo a través de este método. Entran en juego, también, en esta interconexión entre dialogadores, las circunstancias personales actuales y pasadas de los mismos, las notas características de sus temperamentos, superficiales y de fondo, su entorno social, económico, etc. Todo esto, Sócrates lo sabía muy bien, en un texto escrito se pierde, la gama de colocutores que se abre es infinita, un texto lo mismo puede hablar a un joven imberbe que a un anciano experimentado. De ahí que surja la cuestión de cómo uno de sus discípulos más afines se decida a poner por escrito, y a lo largo de toda su vida, unas obras en las que de forma exhaustiva se va a ir plasmando su doctrina, y que lo haga, además en forma de diálogo, ¿es acaso una broma mal intencionada? ¿Es ironía? ¿Hay contradicción?


A la hora de dar respuesta a esta cuestión, es ineludible dar por sentado la buena relación personal entre maestro (Sócrates) y discípulo (Platón), testimonios históricos de ello existen, lo cual nos hace desechar la posibilidad de que la toma de posición a favor de la escritura de textos por parte de Platón haya sido fruto de enfrentamiento o ironía hacia su adorado mentor. También existen pruebas en los diálogos de Platón que justifican la congruencia con esta postura adoptada. Se puede analizar el famoso pasaje del Fedro donde, aunque Sócrates (Platón por boca de Sócrates) enuncia su preferencia por la enseñanza oral, admite a su vez el apoyo de la anotación de lo discutido como refuerzo memorístico para futuros desarrollos. (Fedro 274c – 277a).

De fragmentos como éste deducimos que el conocimiento y el saber no sólo se encuentran en los resultados obtenidos a partir de exposiciones habladas, sino que también las expresiones escritas han de poseer sabiduría, si como decimos, aspiran a ser sostén del magisterio oral para que alcance futuros progresos. El apoyo de los textos no tiene sentido si, no sólo en los debates dialécticos, sino en los escritos mismos que les sirven de sostén no se atesora conocimiento. Es por ello que la clave que resuelve estos textos, y los descifra, es la sabiduría y el conocimiento. Cada rincón, referencia o circunstancia tienen su lugar y disposición, y el lector ha de estar al tanto de ello. Sin deslizarnos hacia los textos esotéricos que nos conducen hacia conocimientos gnósticos, a los que muchas escuelas se entregaron (y sin negar un leve contacto con ellos, como le pudo ocurrir a Platón con los pitagóricos) es finalmente el saber el que constituye la clave de bóveda de cada texto.

Los términos citados en relación a la llave que resuelve los diálogos platónicos: conocimiento y sabiduría, entran en una nebulosa de significación extensa y vaga, con ello en realidad se está aludiendo a una forma de conocimiento nueva que va a surgir en la época de Sócrates y Platón, se trata del conocimiento filosófico y se complementa al, también incipiente en esa época, conocimiento científico. Características y diferencias de los mismos se irán desgranando a lo largo de la obra de Platón y un ejemplo de ello aparecerá en este mismo diálogo que se verá después.

¿Cómo explicar, finalmente, esa contradicción real, metodológica, que existe entre la postura de Platón y la de Sócrates ante los textos escritos? La razón de la utilización de textos por parte de Platón y la evitación de su empleo por parte de Sócrates tiene su razón en detalles que aunque parezcan anecdóticos no carecen en modo alguno de profundidad.

Platón es fundador de una institución de enseñanza (la Academia) que posee alumnos, un edificio donde discutir las materias a las que se va a dedicar su filosofía, y donde explícitamente se exigen conocimientos, saberes (en el frontispicio de la Academia podía leerse: “nadie entre aquí sin saber geometría”). No es incoherente que se utilicen libros y textos como un elemento más entre los varios que existen en esta institución.

Sócrates no utiliza espacios concretos para impartir sus enseñanzas, son las visitas extemporáneas de sabios extranjeros, las charlas con amigos, conciudadanos, su ocasión propicia para poner en práctica sus métodos, cualquier tema es válido para ejercitar la dialéctica. La única herramienta de Sócrates es su ignorancia, es esta ignorancia la que le sirve de palanca en la que apoyarse para iniciar sus diálogos y discusiones con cualquier contrincante con el que se tropiece. De nuevo hay aquí coherencia: ¿no sería incongruente que aquél que postula que únicamente es poseedor de su ignorancia, utilizase textos escritos para plasmar su doctrina? ¿No arruinaría su mejor herramienta el hecho de escribir obras? ¿Un escritor de obras (alguien que sabe escribir) puede decir que sólo sabe que no sabe nada?

¿Quién era Menón?




Menón, aparte de protagonizar el diálogo platónico que lleva su nombre, fue un general que vivió entre el 423 y 400 a. C aproximadamente. De origen Tesalio, entre sus detalles biográficos destaca el papel que desempeñó entre los generales asesinados por Artajerjes II tras la batalla de Cunaxa. Estos detalles de su vida nos han llegado a través de los relatos elaborados por Plutarco, Diodoro, Ctesias o Jenofonte en su famosa obra Anábasis, de la cual citamos los siguientes párrafos que se refieren al mismo:

“…dejaba ver claramente sus vivos deseos de riquezas; si deseaba mandar era para adquirirlas más abundantes, y si ambicionaba honores era para obtener más beneficios. Buscaba la amistad de los más poderosos con el fin de que sus atropellos quedaran impunes, y para realizar sus deseos le parecía que el camino más corto era el perjurio, la mentira y el engaño; (…) pensaba, opinión singularísima, que las riquezas de los amigos son las más fáciles de coger, por estar ellos desprevenidos. (…) Así como otros se vanaglorian de su piedad, franqueza y honradez, así se vanagloriaba Menón de saber engañar, de inventar embustes y de burlarse de sus amigos. Al que no era un granuja lo tenía por hombre rústico e ignorante. Y cuando aspiraba a ser el primero en la amistad de alguien creía que la mejor manera de conseguirlo era calumniar a los que ya ocupaban aquel puesto. Se procuraba la obediencia de los soldados haciéndose cómplice de sus atropellos, y pretendía que le honrasen y sirviesen mostrando que podía hacer más daño que nadie y estaba dispuesto a ello. Si alguien se apartaba de su servicio, decía que ya era un beneficio por su parte el no haberle aniquilado cuando lo tenía a sus órdenes. Cabe engañarse en las cosas que estaban ocultas; pero hay otras que las sabe todo el mundo. Así cuando todavía era un guapo muchacho, obtuvo de Aristipo que lo hiciese general de las tropas extranjeras. Y con el bárbaro Arieo, que gustaba de los bellos muchachos, estuvo también en la mayor intimidad durante sus años juveniles, y él mismo, cuando aún no tenía pelo de barba, tuvo estrechas relaciones con Taripas, que ya era mayor.”

(Anábasis de Jenofonte, Libro II, capítulo VI, (21)-(30))

Aunque esta descripción de Menón, excesivamente dura, tiene sus críticos y es tildada de exagerada por la animadversión de Jenofonte hacia este general, no existen otras fuentes que desmientan estas notas características del personaje y más bien vienen a matizar detalles de su reseña, como son los relativos a su muerte (si ésta fue posterior o no a la del resto de generales ejecutados) o los intentos de engaño hacia Artajerjes, que no desentonarían con respecto a la descripción del extracto que se cita de la obra de Jenofonte.

A parte de estas opiniones escritas, es evidente que la gente común de la época de Platón, en especial los lectores a los que iban dirigidos sus diálogos, no dejarían de estar al tanto de los detalles de la personalidad de Menón, al que podemos calificar de personaje público conocido en su época, imbricados con actuaciones militares suyas más o menos distorsionadas, en contextos que facilitarían su circulación, i.e., habladurías, conocimientos cuasi personales del personaje en cuestión, filias y fobias.

Un último detalle personal que no puede pasar desapercibido sobre Menón, y en mayor medida al comienzo de la lectura de un diálogo que protagonice sobre el tema de la excelencia, es el de ser un discípulo cercano al sofista Gorgias. Este sabio y maestro de retórica fue famoso por su habilidad en el debate y presumía de poder enseñar a sus alumnos la manera de defender cualquier argumento que eligieran contra su oponente. Fueron célebres sus combates dialécticos en los que empezaba defendiendo una postura contra sus adversarios y una vez derrotados y convencidos éstos, era capaz de reemprender su argumentación desde la posición contraria y volver a convencerlos.


La respuesta a la pregunta sobre la identidad de Menón a partir del diálogo de Platón no podremos darla hasta que no analicemos por completo el diálogo, sin embargo, de lo dicho en los párrafos anteriores se tiene que el interlocutor de Sócrates para discutir sobre la virtud se trata de una persona de cuestionada reputación y estudioso de las maniobras y artimañas de la retórica. Es por tanto, en principio, chocante que con respecto al tema en cuestión Platón haya elegido para dialogar un contrincante tan insólito.

 Espadas en alto, primer asalto.



En la abundante producción relativa a los estudios sobre los diálogos de Platón, es costumbre plantear el intercambio de argumentos que se van sucediendo al modo de un combate, es de resaltar el análisis del Protágoras realizado por Gustavo Bueno. Siguiendo este modelo se plantea en este artículo el diálogo al modo de un duelo de esgrima, maniobras de ataque y de defensa se irán encadenando entre los contendientes, de los cuales intentaremos dilucidar el por qué de tales movimientos. Se inicia el combate. El duelo empieza de manera abrupta, directa, Menón ataca y lo hace con decisión, el ataque se realiza en forma de pregunta: ¿cómo se adquiere la virtud? ¿es enseñable? ¿si no es enseñable, puede alcanzarse por la práctica? ¿y si no es por ninguna de estas dos razones, se adquiere por nacimiento o por cualquier otro medio? (70a) No es frecuente este comienzo en los diálogos de Platón, suele haber prólogos, actuaciones previas, preliminares, flashbacks; en este caso no es así, sólo después nos damos cuenta de las condiciones en que se da este diálogo, este tipo de entrada en el combate le da un efecto sorpresa importante.



Ante este ataque inicial y sorpresivo, el movimiento de Sócrates es defensivo, aduce que no puede responder a esta pregunta sin antes plantear qué sea la virtud, no puede tratar sobre el modo de adquirir algo sin saber la naturaleza de ese algo. Una batería de comentarios irónicos adornan este movimiento defensivo de Sócrates, aduce la poca sabiduría de sus conciudadanos atenienses con respecto a la de los tesalios (lo cual es contrario a la tradición de ambos pueblos, ya que los tesalios tienen fama de gente tosca, montaraz). (70b-71)



Ante esta nueva posición de los contendientes donde los coloca el movimiento defensivo de Sócrates, Menón le alienta para que sea él, Sócrates, quien defina la virtud rememorando los argumentos, sin ir más lejos, del maestro Gorgias que visitó Atenas no hace mucho y trató de esos temas. Sócrates, sin embargo le devuelve el argumento retando a Menón a definir la virtud en los términos de Gorgias, ya que nadie sino él, uno de sus discípulos más cercanos, sería el más adecuado para recordar las palabras del reputado sofista (hace aquí Sócrates un juego de palabras al relacionar el nombre de su oponente con la raíz del verbo recordar -relación que llega hasta el idioma español, entre otros –Menón: memorizar-). (71c-71d)



Es el turno, por tanto, de Menón para actuar y lo hace a través de su respuesta, típica de un discípulo de Gorgias y de un alumno aventajado de la técnica de la retórica. Menón replica, pues, a este primer embate de Sócrates para obtener la respuesta a la pregunta ¿qué es la excelencia? con la siguiente proposición: existe una virtud para el hombre adulto, una virtud para la mujer, otra para el esclavo y otra para el niño. (71e-72a)



Las protestas y contraofensivas de Sócrates ante esta respuesta son inmediatas, ¿cómo ante la pregunta sobre la virtud se puede responder enumerando una serie de virtudes?, ¿por qué romper la unidad de la excelencia en un conjunto de partes, cada una de ellas constituyendo nuevas excelencias?, esto lleva a Sócrates a preguntar a Menón qué es aquello que a las distintas virtudes enumeradas por Menón, las hace ser virtudes, ¿cuál es la esencia de la excelencia?. (72a-73d)



Ante este hostigamiento por parte de Sócrates, Menón trata de dar a Sócrates una respuesta sobre qué es la virtud que tenga un carácter más general. Su propuesta, esta vez, es la de que la virtud consiste en la habilidad para gobernar a los hombres, para mandar sobre ellos. Esta respuesta, de nuevo, desata las objeciones de Sócrates. Siendo cierto que el gobierno sobre los hombres es perseguido y apreciado por todos, el gobierno justo es, de forma indiscutible, el más laudable. Pero ¿en qué consiste esa justicia? ¿se trata de una virtud o de una de las formas de la virtud? Volvemos a encontrarnos con el escollo que queríamos sortear: la unidad de la excelencia o su división en distintas partes. (73d-74b)



Es en esta situación cuando Sócrates toma la iniciativa y emprende una táctica envolvente (74b-77b) destinada a obligar a Menón a dar una respuesta, y si es posible, la respuesta que desea el propio Sócrates acerca de la excelencia. Sócrates, para ello, le plantea a Menón reflexionar sobre otro concepto totalmente diferente a la virtud, y definirlo, para que le sirva de modelo a Menón a la hora de responder sobre la virtud. Menón acepta la propuesta y promete dar a Sócrates una respuesta acerca de la excelencia a final de su razonamiento. El concepto modelo que plantea Sócrates es el de figura,


  • y la primera definición por parte de Sócrates acerca de este concepto consiste en definir a la figura como aquello que siempre va unido al color, uno y otro conceptos son inseparables. La disconformidad de Menón ante esta propuesta no se hace esperar y es vehemente, le parece que raya prácticamente lo absurdo, y materializa su oposición en una queja por la falta de definición del concepto de “color”.



  • Sócrates trata de calmar esta protesta con su segunda propuesta de definición de lo que es una figura, en este caso se va a tratar de una definición geométrica. Sócrates sabe de antemano que Menón, por su trato con Gorgias, no va a ser ajeno a argumentos que se le planteen en forma geométrica. Emite, entonces, Sócrates su segunda definición de figura: llama figura al límite del sólido. Ante esta respuesta Menón no emite ninguna queja, es una propuesta familiar para él, no hay ninguna objeción, pero vuelve a demandar una explicación acerca del concepto de color, bien porque sigue sin entender este concepto, bien porque quiere ganar tiempo para dilatar su respuesta acerca de la virtud.



  • Sócrates complace a Menón a este respecto, no sin criticarle su reticencia en afrontar su respuesta a la cuestión sobre la virtud, y definirá el color en de esta forma: el color no es otra cosa que una emanación de las figuras. Esta explicación satisface en un grado muy alto a Menón, le parece una respuesta bella.


Con esta respuesta sobre el color, Sócrates finaliza el movimiento envolvente iniciado con la definición sobre la figura. Este movimiento tiene la misión de, partiendo de la posición de Sócrates, acercarse a la de Menón para poder conducirlo a una definición, adecuada a los postulados de Platón, de la excelencia. La última de las definiciones dadas por Sócrates es la más apreciada por Menón, no le hace ningún reproche a Sócrates respecto a ella, al contrario, de manera expresa le dice que le gustaría que le mostrase más respuestas como ésta. Sócrates, sin embargo, no estima esta respuesta, una prueba de ello es la facilidad para utilizar esta explicación en lo que se refiere a otras nociones como son la voz, olfato y cosas semejantes. Por otro lado, explicitamente le dice a Menón que esta respuesta sobre el color (su forma y estructura en cuanto modelo para la futura respuesta de Menón referente a la excelencia) no tiene valor alguno con respecto a la primera. Numerosos estudios de este diálogo remiten esta referencia a la respuesta geométrica (que aquí se ha denominado segunda respuesta) en vez de a la respuesta inicial de Sócrates en la que une de forma inseparable figura y color (que aquí denominamos primera respuesta). Analizando estas definiciones se puede observar que:


  1. Mientras en la primera respuesta los conceptos son tomados en su acepción general (no se especifica un ámbito determinado de los conceptos que se manejan, se abarca tanto el sentido coloquial como el técnico del término). En la segunda definición la acepción de los términos es restringida, concreta. Esto último se puede observar, en primer lugar, porque estamos circunscritos al campo de la geometría, y en segundo lugar es patente la restricción de esta definición en la estrechez del significado de sus términos (Sócrates maneja las nociones de fin, extremidad y límite y, aunque alberga dudas acerca de su equivalente significación, acaba por emplear este último término en su proposición).
  2. Son relevantes, por otro lado, las objeciones de Menón ante la primera respuesta y la ausencia de reparos que muestra ante la segunda. Existe una correspondencia entre la utilización del término “color” en la primera contestación y del término “sólido” en la segunda, sin embargo, la protesta elevada por Menón con respecto al “color” no genera una correlativa con respecto al término “sólido”. Esta correspondencia no se da debido al carácter de las proposiciones, como ya apuntamos en el párrafo anterior, ya que no es necesario un conocimiento profundo de los términos en el campo científico (geométrico en este caso). En este tipo de conocimiento lo importante son las relaciones establecidas entre los términos del campo en el que se desenvuelve. Este tipo de conocimiento no posee la capacidad de respondernos sobre el significado de la esencia de los términos (sobre qué son esos términos), los términos se pueden emplear de manera casi automática sin preguntarse en qué consisten, qué significan. Es por ello que Menón maneja estas nociones con la inercia de no preguntarse por ellas, debido a su utilización reiterada. Está claro que la geometría no nos puede responder a la pregunta: ¿qué es la figura? Ni puede ser modelo para responder sobre la virtud, para ello es necesario otra forma de conocimiento distinta, precisamente la ejercida en proposiciones como la primera. Esta otra forma de conocimiento de la que hablamos está naciendo con las teorías de Platón y no es otra que la Filosofía. Forma de conocimiento que no se refiere a un sector del saber como hace la geometría (la ciencia es un saber categorial) sino que es un saber trascendental que se ocupa de las ideas, ideas que atraviesan y participan en las distintas categorías estudiadas por las ciencias.


Es la primera respuesta, por tanto, la que primaría a la hora de definir el concepto de figura y serviría de modelo para determinar la virtud, el texto del diálogo nos da una indicación expresa de ello: Sócrates le dice a Menón (75c) que se daría por satisfecho si le diera una definición sobre la virtud semejante a la de su primera proposición de definición de figura (con esto Sócrates parece indicar que le gustaría que Menón definiese a la virtud como lo inseparable al conocimiento).



Con este movimiento envolvente finaliza este primer asalto entre Sócrates y Menón. Aunque la maniobra de Sócrates ha sido muy hábil y con un objetivo bien definido, Menón no se doblega y, a pesar de estar acorralado, inicia un nuevo asalto con otro intento de definir la excelencia o virtud.

Fin texto I

El Maestro Yi, colaborador de AptsFelguerinos

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