sábado, 29 de noviembre de 2014

Escuela de Hipogrifos: De Locomotoras y Estados


Hace unos días en una tertulia radiofónica, uno de los tertulianos se hacía eco de una metáfora referida al Estado, que había definido David Gistau en uno de sus artículos. La metáfora consistía en representar el desarrollo del aparato del Estado, en el tiempo y en cuanto a sus actividades, como una enorme y pesada locomotora o máquina en la que gran parte de sus movimientos y actuaciones venían sometidos por la inercia adquirida a lo largo de los años y de los siglos por semejante mole. Poca cosa, debido a la rigidez de tal mamotreto, le queda por hacer al maquinista de este artilugio (v. gr., al Presidente del Gobierno), el cual no puede hacer más allá de algún cambio menor de los parámetros que guían la maquinaria, ya que el curso principal es prácticamente imposible de modificar.


Este símil viene a colación, por supuesto, del omnímodo tema de la actualidad española de estos días, el tema catalán. La situación sería la siguiente: ante las reiteradas imprecaciones, exigencias o incluso súplicas de determinados viajeros del tren para cambiar la dirección de ruta (o en el caso de España, las peticiones de cambio de condiciones de financiación o de la situación de la autonomía de Cataluña), el carácter de dichas peticiones resulta claramente infructuoso por la mencionada inflexibilidad del mecanismo de la maquinaria que guía toda la estructura.


Esta metáfora, bastante luminosa a mi juicio (y al de los tertulianos del programa que escuché), creo que da pie a una lectura inversa, que también puede abocar a conclusiones pregnantes. La lectura inversa que se podría plantear parte de un inicio opuesto, no ya de una enorme maquinaria a una determinada velocidad más o menos alta alcanzada a lo largo de los años, si no que se trataría de la puesta a punto y arranque de una nueva maquinaria, con vistas a que posea grandes proporciones también, a la que podemos estar asistiendo.


La composición de un estado catalán está claramente en marcha, y en ciertos aspectos muy avanzada. Si establecemos la duración de un Estado en 500 o 600 años, su puesta en marcha ha de extenderse a lo largo de un lapso de tiempo considerable (pueden ser suficientes 80 o 100 años de trabajo constante). Hasta ahora se han consumido 30 o 40 años de un trabajo neto en la dirección de erigir este nuevo Estado, las demostraciones de los últimos años hacen palpable esta labor realizada. Herramientas para ello han sido las competencias adquiridas en sectores tan nucleares de un Estado como la educación y la cultura. No insisto más en estos temas que ya he tocado en otras entradas, donde también he destacado que esta construcción de otra estructura de Estado es imposible sin la anuencia, pasividad y en algunos casos decidido activismo de los elementos ejecutivos de España (en este juego de construcciones: Estado Español). Es pasmosa la actitud de dirigentes del PP que, ante la deconstrucción de España, se ponen tan de perfil que en ciertas ocasiones se aprecia cómo su deseo más íntimo sería el de desaparecer; o de los dirigentes del PSOE, que cual bombero pirómano, ante las propuestas de aquellos que quieren destruir España, intentan un adelantamiento por la derecha de los mismos y, no es que rechacen las propuestas que plantean, si no que su opción es incrementar la intensidad de esas propuestas con el fin de aportar una solución al problema.



Pues bien, puesto en claro el papel de estos ¿oponentes? al separatismo, podemos analizar una táctica muy repetida, pero ya situados en el campo separatista. Se trata de un detalle que forma parte de la carpintería de la construcción de un Estado a la que he aludido antes y que refleja bien el terreno (pantanoso) en el que se mueve esta paulatina elaboración. Es casi pueril observada aislada del fragor del debate diario y continuo del tema y se trata de la denominada “fabricación de independentistas”. Según esta máxima, la más mínima objeción, cortapisa o denuncia de las actividades de los independentistas, o simplemente contra-argumentación a los postulados soberanistas, desemboca en el engrose de las filas de aquéllos que están a favor de la independencia de Cataluña. Es tragicómico (más bien da pena) el resultado al que se ven abocados los “feroces” oponentes al independentismo de los que hablaba más arriba que, por un lado sus intimidantes posturas de perfil son minuto a minuto objeto de la desgarrada calificación de ser los mayores ultrajes cometidos jamás contra la libertad, democracia, etc.; y si optan por ni si quiera hacer la figura de esfinge egipcia, en su deseo de no aportar más acólitos a la causa, la realidad no dejará de advertirles el verdadero resultado de su in-acción.


Queda así expedita una vía de dos velocidades para la barahúnda independentista, una es de velocidad moderada pero constante, ante la tímida oposición del aparato menguante del Estado español; la otra es de velocidad premium, en la que el viento empuja generoso de cola y abren paso los contrincantes, apartando obstáculos incluso. No vaya a ser que se creen más independentistas.


Aunque ha quedado un poco fatalista esta entrada y puede ser atacadas por los escépticos que piensan que al final no pasará nada con este tema, me gustaría que se preguntasen ¿qué ocurriría si la situación siguiese en los mismos términos durante otros 40 años? ¿qué pasaría si, no ya la población que ronda los 30 años, si no hasta los que tuviesen 70, estuviesen educados por las directrices de un Estado que va a llegar o cuya llegada se pretende? ¿Sería posible devolver competencias de las autonomías (podemos hablar en particular de Cataluña), simplemente por motivos de reorganización, al Estado central? O por ejemplo ¿sería posible abrir una línea de escuelas en Cataluña con contenidos homologables a los que se dan en el resto de España (o en algunas partes…)? ¿Cuál sería la respuesta a estas preguntas?...


El Maestro Yi, colaborador de AptsFelgeurinos

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