viernes, 25 de septiembre de 2015

Repúblico Hispano: Agonía entre banderas


Hay un problema con el concepto de clase del "proletariado universal": es imposible. Lenin y Trotsky creían que la implantación de la Revolución era el primer paso para que diese comienzo una especie de gigantesca Guerra Mundial en la que los bandos estarían determinados por las clases sociales, ricos contra pobres. Lo más asombros del asunto es que tenían ante sus narices la I Guerra Mundial, en la que los obreros se enclasaron con sus patronos en sus respectivos ejércitos con sus correspondientes banderas y no fueron capaces de aprender la lección. Cuando tomaron el poder en Rusia, se quedaron atónitos al ver como la Revolución no estallaba en Alemania a pesar de darse todas las condiciones: ser perdedora de la guerra y estar arruinada por el reclamo del botín de los vencedores.

Sería Stalin el que corrigiese la idea de que el Comunismo universal llegaría a la tierra tras una guerra internacional de clases, cuando proclamó el Comunismo en un sólo país e intentó extender el movimiento revolucionario utilizando el poder -además de modernizarlo- del Imperio ruso.  La lucha de clases se da internamente en cada Estado, en cada sociedad, pero plantearla desde la perspectiva universal, como si las naciones fuesen una fantasía que sólo se representa en un mapa pintado de colores, es dirigirse a una fracaso absoluto. Las naciones existen; siempre existirán. Y las clases sociales que se asientan sobre ellas están vinculadas a los intereses nacionales, que están en polémica con los de otras naciones.



Si no entiendes esto; si no eres capaz de verlo, te pasará lo que le está pasando al teniente de alcalde del Ayto de Barcelona, Gerardo Pisarello, y al partido político Podemos. El espectáculo noticioso de "la guerra de banderas" -así bautizada por los digitales, el papel ya es irrelevante- en la balconada del Ayto de Barcelona muestra a las claras como un planteamiento naif internacionalista salta por los aires ante estas confrontaciones.


En el balcón del Ayto. de Barcelona el día de las fiestas de la Mercé  Alfred Bosch, líder de los concejales de ERC en el ayuntamiento, colocó una estelada secesionista en la balconada, parece que con la complacencia de los concejales de Barcelona del equipo de gobierno Ahora en Comú. Cunado el concejal del PP, Alberto Fernánadez, trata de colocar una bandera de España interviene Pisarello, que es de origen argentino, tratando de impedírselo. Eso es lo que parece desde la toma frontal de la escena.

Pero hay tomas de esa mismo hecho filmadas desde la parte de atrás de la balconada en la que se ve como Colau, la alcaldesa, reprocha a Bosch el que haya puesto la bandera secesionista y le afea la conducta ("mira, mira" dice), tibiamente, cierto, cuando Fernández se dispone a sacar la rojigualda. Colau muestra preocupación porque al mostrarse las dos banderas se produzcan altercados en la plaza. Es entonces cuando interviene Pisarello tratando de impedir que aparezca en la balaustrada la bandera española, pero lo hace con tal torpeza que da la impresión de que están tratando de evitar que se muestre la bandera de España.


El hecho es anecdótico pero significativo. Muestra que es muy difícil hacer política sólo con un plano de lo que GB llama dialéctica de clases/dialéctica de Estados. Podemos ha llegado a sus límites en Barcelona. Al discurso triunfal que tantas bazas le había proporcionado en le resto de España, le han saltado todas las tuercas en la ciudad más al norte de la hispanidad. Barcelona es la gran prueba del nueve, una juntura natural, el gozne entre europeos e hispanos. Y es ahí donde está fracasando el populismo indefinido de Podemos. No han sido capaces de articular una alternativa a lo que es la nación capitalista que promueve el PP, insertada en Europa, ni a la alternativa secesionista, antiespañola y de extrema derecha, que ofrece el catalanismo traidor. Podemos no es secesionista, pero necesitan al secesionismo para gobernar en los municipios. Han caído en la trampa del mito maniqueo izquierda/derecha de la transición, cuyo origen está en travestismo del franquismo a la democracia de Madrid en el 78, en el que España -que no es una voluntad de ser sino un proceso histórico- representa la derecha y el atraso, y el nacionalismo periférico simboliza el progresismo y el cosmopolitismo Europeo. Se han comido esa basura enterita, y ahora van a sufrir sus consecuencias. Probablemente el fin de Podemos se de en estas elecciones y con el inicio del proceso revolucionario que supone el pistoletazo de salida de la independencia de Cataluña; es decir, la desaparición de España. Podemos no ha sabido ofrecer una alternativa al proyecto europeísta, ya que lo asume al alinearse con Tsipras, ni al secesionismo de extrema derecha, ya que lo acepta al llegar a acuerdos con ellos. Cada uno recoge lo que siembra: quedar en tierra de nadie.

Felguerinos para Repúblico Hispano

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