miércoles, 23 de septiembre de 2015

Repúblico Hispáno: La restauración del mundo urbano hispánico


Si hay algo que define la colonización española en América es su carácter urbano: no se coloniza el campo, se fundan ciudades. El chiste sobre si dos ingleses que se encuentran fuera de Inglaterra fundan un club y si lo hacen dos españoles una ciudad parece casi una descripción histórica de lo ocurrido. Un mundo de ciudades, gobernado por y desde las ciudades, y en el que los grandes terratenientes se veían obligados a ser vecinos del asentamiento urbano más próximo para poder existir como << ciudadanos>>. Era la ciudad y no el campo la que definía el ser social y político, el marco ideal para el hombre que vive en sociedad.
Las ciudades de la América española, con sus trazados regulares y reglamentados, fueron el escenario en el que una cultura barroca se representó e imaginó a sí misma como una sucesión de polis, de repúblicas de españoles para ser exactos, frente a la falta de <<civilidad>> del campo. Fueron las guerras de independencia y, de manera muy particular , la Constitución de Cádiz y sus efectos los que <<ruralización>> el mundo americano. Las primeras, porque mostraron el poder del campo en los enfrentamientos militares; la segunda, porque creó un nuevo poder municipal de carácter rural.
Tomás Pérez Vejo 

Hubo un tiempo -realmente existente-  en el que en esta feroz lucha de partes en conflicto que es el mundo, se podía oír nítidamente en el fragor de la batalla la voz hispana. La hispanidad estaba articulada en una poderosa red de ciudades que iba de Barcelona a Santiago de Chile y de Santiago de Compostela a Manila; ciudades enhebradas en dos hilos de oro que las engarzaban como las perlas de un collar. Los hilos dorados eran la religión católica y la institución de la Monarquía Hispánica, que daban sentido al conjunto y ofrecían una visión totalizadora del mundo. Había un plan desde esa parte del mundo en lucha llamada hispanidad para orientar al conjunto del orbe. El Imperio barroco-católico era una alternativa al monismo islamista, a la burguesía germánica del norte de Europa y al comercio depredador de la pérfida Albión. De eso ya ha llovido. Desde entonces la voz de la hispanidad apenas se oye, y esa fracción del mundo, de la que nosotros formamos parte, ha renunciado a cualquier intento de decir nada de peso sobre los acontecimientos que vayan más allá de nuestras pobres bardas domésticas.

Llevamos siglos los hispanos envueltos por un marasmo, caminando solos y aturdidos en medio de la espesa niebla de la confusión, enfrentados entre nosotros y entregados al yugo de los extranjeros. Hemos perdido el amor propio y el orgullo. No creemos ser capaces de pensar o hacer nada que tenga interés y que nos sea propio. Nos hemos entregado a todo lo foráneo sin apenas preguntarnos por su fundamento; lo aceptamos acríticamente por el hecho de que, al venir de fuera, sin duda será mejor. Intentamos salvarnos cada uno por nuestra parte sin lograr nada. Abrazamos el capitalismo anglosajón con la misma fe de carboneros que abrazábamos la vieja religión. Soñamos con ser tan “europeos”, que llegamos a negar nuestras características fenotípicas raciales de hombres mediterráneos por las de una imaginaria rubicundez impostada y ridícula. Somos genéticamente incompatibles con el mundo burgués protestante y el comercio rapaz de las islas del atlántico norte; ya que, simplemente, no poseemos las destrezas históricas para desarrollar esos programas histórico-políticos que no fueron creados para que nosotros los aplicásemos, sino, por mucho que lo negemos, para todo lo contrario, es decir, destruirnos.

Y tan solos, tan perdidos, nos preguntamos: ¿qué hacer? Aquel mundo urbano del que nos hablaba el historiador Tomás Pérez Vejo en su libro “Elegía criolla”, ya no podrá volver porque es imposible que la historia vuelva a repetirse . La única opción es tratar de restaurar el viejo collar, engarzar de nuevo las cuentas en un nuevo hilo dorado. Algo análogo de aquella vieja religión que creía en las relaciones de comunidad, en la compasión, en el compadecimiento con el otro, y luchaba contra la libertad mal entendida de la preeminencia del más fuerte o la superioridad de una raza; un socialismo que restaure esos valores comunitarios arrasados por el capitalismo individualista depredador del norte. Es la única alternativa que tiene el mundo hispánico.

Restaurar la vieja estructura de unidad de la ciudades, recuperar la racionalidad y negar que en el tiempo de internet un español pueda tener la misma moneda que un checo, las mismas leyes, estar sometido a los mismos programas económicos y las mismas autoridades financieras al tiempo que se le presenta como un extranjero incompatible con él a un mejicano que, pardójicamente, comparte su lengua y cultura. Mexicano y español siguen fracasando porque no se han encontrado, no se han reconocido como hermanos que deben luchar hombro con hombro para volver a dar un sentido a la voz hispana, para liderara una visión del mundo más justa ante los que han entronizado el egoísmo y la rapacidad. Reconozcámonos unos a otros y emprendamos la lucha.

F.

2 comentarios:

  1. Lo siento amigo pero lo que quieres jamas pasara, en Sudamérica ha arraigado mucho odio en contra de todo lo que suene a España, son muchos años de separación y de gobiernos latinoamericanos que para ganarles les han adoctrinado en el odio a España, aun muchos en los foros cuando saben que soy Español me siguen llamando colonizador salvaje y que ellos eran muy buenos antes de que los españoles llegasen, solo unos pocos sudamericanos intelectualmente listos se salvan los demás tienen un concepto de España totalmente falseado.

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  2. También ocurre en la dirección contraria: el aleccionamiento europeísta, cultivando el desprecio y el insulto por parte de los líderes locales -Felipe González a la cabeza-, ha sido enorme. No es de extrañar que nos devuelvan la misma moneda con la que les llevamos pagando siglos.

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