sábado, 2 de enero de 2016

De novelas y filósofos


En Zara­goza era obli­ga­to­rio, no sé por qué, en los años 40–42, leer a Dos­toievski y a todos los rusos, era una moda entre los estu­dian­tes, no sé cómo sur­gió, pero cuando esta­bas hablando en un café o donde fuera, tenías que hablar de Tur­ge­niev y de Ras­kol­ni­kov, el pro­ta­go­nista de Cri­men y Cas­tigo, era como hablar ahora de Rubal­caba, así que durante una tem­po­rada grande leí muchas nove­las, sobre todo a Tho­mas Mann, pero luego me abu­rrí y ahora las abo­rrezco. Con los libros hay que tener cui­dado. Cuando se pon­dera tanto a Guten­berg habría que ver los libros que publicó en su imprenta, eran mucho peo­res que los de los esco­lás­ti­cos, la can­ti­dad de maja­de­rías que publicó. En el per­ga­mino y el papiro había que afi­nar más, por­que había que escri­bir letra por letra, pero cuando las letras las hace la máquina… La imprenta supone, pri­mero, la posi­bi­li­dad de repe­tir estu­pi­de­ces y de poner­las al mismo nivel de lo que no son estu­pi­de­ces. Y eso pasa con las nove­las de ahora. Sin embargo, es cierto que me recon­ci­lié con la novela cuando escribí una, que no lle­gué a publi­car, la rompí como he con­tado alguna vez, pero me sir­vió de mucho por­que era la pri­mera vez, desde el punto de vista lite­ra­rio, que yo empecé a pen­sar no en abs­tracto sino dra­má­ti­ca­mente, es decir, poniendo cara a las cosas, y ese fue un cam­bio muy impor­tante, para bien o para mal, pero cam­bió radi­cal­mente mi forma de enfo­car las cues­tio­nes.

GB




Mesa de Redacción de AptsFelguerinos

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