miércoles, 8 de junio de 2016

Échale la culpa a la braguita brasileña


Afronto el verano, a mis 40 añazos, con un sentimiento de declive. Ya se empieza a ver el comienzo de la cuesta abajo. Las perspectivas -que luego nunca se cumplían- de aquellos veranos de esperanza en el que uno, joven varón, aún barajaba la ilusión de un romance tórrido y veraniego, son esperanzas de otro tiempo. La posibilidad de un fulgor carnal con hembra placentera envuelto por la caló de la canícula en algún pueblo veraniego perdido, se antoja como una quimera de otros tiempos. Hablaba de estas cosas Camba, también cuarentón por entonces, con un amigo: «Ahora a mis cuarenta años, constato sin embargo que, entre la que cría malvas y la que se ha dispersado, conozco a muchas menos. […] Hablamos de esto o de aquello, y al poco rato de estar hablando caemos en la inagotable fuente masculina de conversaciones del país: hablamos de mujeres, naturalmente. Esta reiteración requiere de cierto humor, pero, a qué negarlo: este humor existe. Me decía hoy un amigo que el viejo Paulí Joanola tenía una visible tendencia a tocar las formas femeninas con el puño del bastón que llevaba habitualmente: «A falta de pan, buenas son tortas!», me decía esta persona.»
         Esbozo una sonrisa. Los tiempos, a pesar de todo, van cambiando. Los cuarentones ya no llevamos bastón y (Camba se quedaría ojiplático) hablamos de esos temas -de sexo, vamos, que era de lo que hablaba Camba con sus amigos cuando decían «hablar de mujeres»- con amigas… Tampoco muchas, pocas son las que pueden ser amigas y no «amigas».
         Así que le comentaba a Vanexa en el café del descanso mañanero, que me sentía como Michael Caine en aquella película («Échale la culpa a Río» creo que se titulaba) en la que siendo ya cincuentón se liaba con la veinteañera hija de un amigo y, a su vez, amiga íntima de su hija, interpretada por una jovencísima Demi Moore. Una visión cómica de la inevitable decadencia del macho añoso que un día fue depredador de señoras.


         
Maravillosas braguitas brasileñas
        -¡No me digas nada, Ferny!- me dice también pesarosa-¿Puedes creer que el otro día casi tengo un lío tremendo -porque me contuve- con una guaja en el centro comercial por culpa de un biquini? Me encontré con una monería para deslumbrar en la playa y, en plena caja dispuesta a pagar, la niñata que me iba a cobrar dice: «la pieza de abajo es braga brasileña…». Me quedé muerta, casi me bajo los pantalones y le enseño el culo allí mismo a ver si me daba el visto bueno a la vista del objeto de discusión. Ferny, soy una señora de 38 años y me faltan tres meses para los 39; he parido una niña que ya cumple los cuatro años; me levanto a las seis todas las mañas, y a las siete menos cuarto estoy en el puñetero Merca de La Pomar para dar el callo toda la jornada; cuando salgo peleo con la niña y la casa y, encima, saco tiempo para romperme el culo tres cuartos de horas cuatro días al semana encima de la puta bicicleta de spinning. ¡Coño!, mido 1,49 pero tengo dos tetas que hacen dar la vuelta a la cabeza del personal por la calle, y un culo que se la ha puesto dura a tíos guapísimos; soy una máquina jodiendo y he llevado a un buen número de tíos al nirvana a base de polvos; adoro a mi marido y nunca le pondría los cuernos, pero me gusta que a la parroquia se le levante cuando percibe debajo de la ropa mis cositas, porque la que tuvo retuvo. Sí, cojones, lo llevo a gala; y ninguna niñata de veintitrés años me va a decir que no soy lo suficientemente joven o estoy lo mínimamente buena para poder ponerme una puta braga brasileña.
         - Joder, veo que estás peor que yo Vane…- le digo
         -¡Qué quieres, será que me hago vieja!
         

Mesa de Redacción de AptsFelguerinos

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