domingo, 10 de julio de 2016

Camba en el Cotton Club


Nueva York aborrece a los negros, no cabe duda, pero los aborrece únicamente desde las ocho o nueve de la mañana hasta las doce de la noche. A las altas horas de la madrugada no puede pasarse sin ellos, y, abandonando los cabarets del Broadway con su alegría mejor o peor imitada, se va a Harlem en busca del real thing, esto es, en busca del artículo verdadero. Para los americanos de estirpe puritana la alegría es una invención negra.



Si los blancos odian a los negros es, en cierto modo, como el vicioso odia su vicio. Se ve, en fin, que los blancos pueden odiar a los negros durante el día y a las horas laborables, pero que, a pesar de todo, hay algo en el fondo de la raza mal dita que los atrae de un modo irresistible.




Todo lo cual tiene una explicación bien sencilla: la falta de una lujuria propia en el pueblo americano. Naturalmente, yo no voy a salir aquí en defensa de ningún pecado capital, pero opino que todos los hombres, aun los de abolengo puritano más directo, están hechos del mismo barro, y que si se prescinde de su naturaleza o si se quiere ir brutalmente contra ella el error será funesto. La dictadura puritana arremetió contra todo pasión carnal de un modo verdaderamente feroz, y hoy pueden ver a este pueblo que, totalmente desprovisto de sus instintos lujuriosos, no tiene más remedio que arreglárselas con la lujuria de otros pueblos.

Julio Camba


Mesa de Redacción de AptsFelguerinos

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