lunes, 31 de octubre de 2016

Repúblico Hispano: Discurso a la Comunidad Iberoamericana

Mestizaje pintura

Dos lenguas mayoritarias y otras varias regionales. Más de veinte Estados y millones de personas en comunidades indias de variada distribución. Extensiones geográficas descomunales en longitud y latitud. Todos los climas posibles en desiertos, cordilleras nevadas o soleadas, selvas, llanuras, ríos y océanos. Hombres y mujeres de muchas razas, condiciones, mezclas y densidades. Culturas dominantes menores, mezcladas, aisladas y fragmentos de culturas. Tales y tantos rasgos explican que voces como «hispanoamérica», «iberoamérica», «latinoamérica», pueden ser tachadas de residuos mentales de colonialismo, inconsciente o no, pero no fantasmagórico, sino virtual. Nace así una polémica que nunca concluirá.

Es discusión desde perspectivas distintas, pero también en favor de intereses no siempre descubiertos en cuanto a su significación.

Es preciso salir fuera de esa malla tejida con millones de datos heterogéneos para convencerse de que la Comunidad Iberoamericana existe. De que precisamente sus contradicciones irreconciliables articulan un sistema y de que ese sistema posee un perfil que le delimita e individualiza como tal.


Por ejemplo, puede comenzar a percibirse como existente cuando se le advierte sistemáticamente mordida por la anglofonía, ya sea en el sur de los USA, en Panamá, en Cuba, en la Guayana, en Malvinas, si miramos de Norte a Sur; o desde Filipinas a Gibraltar si lo hacemos de Oeste a Este. Mordeduras que revelan dos cosas. Una, la corporeidad del ente que sufre, es decir, su existencia misma. Otra, que tales roeduras no son erosiones desconectadas entre sí, sino detalles locales, en éste o en el otro lugar, que se inspiran hacia un solo y armónico fin, el predominar sobre nuestra Comunidad. Y con sólo ese rasgo prueban que ella «és».

Español e india

Desde muchos ámbitos se grita para convencer al hombre y la mujer de nuestro mundo «No eres, no existes como iberoamericano». Y ese grito se remansa en alegatos: «no tienes unidad económica ni política. No estás en nada parecido a conjuntos como los países francófonos de África, Caribe, o Pacífico, ni como la Comunidad Económica Europea, ni el Commonwealth británico. No puedes decir que exista una Comunidad allí donde no se apoye en realidades institucionales. Siéntete, como mucho, ciudadano de tu país o mejor de tu comarca y encerrado en un círculo regional de cultura». Otras veces, con apariencia sesuda se le hace reflexionar, no ya que no hay en su ámbito de comunidad económica ni política, sino que le hace contemplar la película de sus factores internos de disgregación como pieza de convicción para que renuncie a creer en la racionalidad de sus posibilidades comunitarias. Estos gritos vienen desde los siglos. Tácito ya advertía que la primera batalla a dar en cualquier guerra es la de convicción. Si alguien consigue que Iberoamérica sea negada por los que podría sentirse iberoamericanos, habrá vencido para siempre, pues derrotado está todo ser humano a quién se le pastorea hacia una identidad, en lugar de permitir que le descubra desde dentro de sí.

Repárese luego, para no introducir un factor precipitado y subterráneo de resolución del problema, que no basta esgrimir argumentos de aglutinación (hispanidad, latinidad, tradición cultural, etc) frente a los de disolución, sino que es preciso decidir si los primeros han conseguido o no, frente a los segundos, concretar una cierta argamasa ensambladora en nuestras sociedades.
Debatir si Iberoamérica es o no es, en cuanto tal, obliga en riguroso comienzo a significar que no se trata de una discusión desinteresada. Se combate aquí, como siempre, por intereses de predominio, que entran en polémica con las necesidades de identidad.

Después de esa conciencia es necesario establecer, también con rigor (nada científico puede serlo sin rigor), que hay que distinguir entre los que disputan. Propongo como primera clasificación la obvia de los que son parte del interior de esa malla antes descrita, o son de fuera.

Nos encontramos en presencia de una discusión interesada en la que no todos los protagonistas son iguales, y se debate en escenario concreto, al menos en estas líneas donde se intenta reflexionar desde adentro.

Esa distinción me llevará a sugerir cuan cuidadosamente debe comportarse el analista frente a las visones «objetivas» del opinante desde afuera. De él habrá que decir siempre claramente las cosas.

Que tiene intereses y que los tales vienen de otra parte. Esto es, que sus intereses son ajenos a nosotros, a los que estamos dentro. No se trata de que él posea intereses y nosotros no, que bien lo aportamos. Se trata de recordar que siempre será en forma cierta, más que en «cierta forma», un extraño.


Chino India

Una segunda percepción se nos ofrece: la de encontrarnos en posesión de una larga historia de contradicciones. No hablo de la historia, como tantas veces se ha hecho, como del recurso al que aferrarse para el triunfalismo fácil la afirmación rápida. Más bien pienso que es una historia extremada en la contraposición de violencia y civismo, de cultura e ignorancia, de explotación y de amor, de pobreza y de riqueza, y todo ello se nos ofrece como el principal problema desde más allá de los tiempos de poder político directo español. Es muy fácil construir una historia de violentos desde Cajamarca hasta Maximiliano, y contraerla a una historia de serena bondad desde Sor Juana a Gabriela Mistral. O lo es , también enfatizar el dato de la fecha de las primeras Universidades y primeras imprentas puestas por el europeo más allá del Atlántico. O recalcar «sólo» las bolsas de analfabetismo que todavía nos asustan. No es tampoco particularmente difícil centrar cualquier interpretación en las desventuras de emigrantes e indios, o en los excesos de hacendados y casas solariegas. Cualquier exposición o lectura que se haga de Iberoamérica sobre uno sólo de esos ejes, y muchas veces se ha hecho, no va más allá de la ceguera y la falsificación, las cuales son además, repitámoslo, interesadas.

Más cierto es que esas tres contradicciones básicas: vieloncia-bondad, cultura-ignorancia, pobreza-explotación, que en todas partes existen, se enlaza continuamente aquí de peculiar modo, se condicionan y construyen un sistema de convivencia, pese a los que se detienen en la suposición de que ningún sistema puede ser edificado sobre contradicciones. Cabe pues que nos preguntemos: ¿Algo coherente e individualizable puede hacerse de esa urdimbre? Esa es la gran pregunta que en última instancia se hace cuando se nos interroga sobre si existe la Comunidad Iberoamericana.

Me atrevo a afirmar que, por extraño que a algunos les parezca, lo que poseemos es un modo de ser que alimenta y sostiene, como el agua a los peces, a estructuras, pueblos, masas, climas, economías, pensamientos y actitudes que encuentran ahí, en modo de ser, un espacio común que no les niega ni les difumina en cuanto diversos, sino, simplemente, les enlaza y articula.

Y ese modo de ser se corporiza esencialmente por una actividad vitalista. Quiero decir, que lo esencial de Iberoamérica es la percepción de la libertad y de los sentimientos del ser humano. Más allá de los estados, y más acá de las Naciones. Más allá de las empresas extractoras de riqueza y generadoras de un modo de producción concreto. Antes de luchar por un determinado modo de vivir, y porque se deje vivir en libertad el propio sentimiento de cada cual. No es acá el hombre sino para sí mismo. No confundido ni unificado, sí centrado en cada hombre individual cuya vida, es irrepetible y encierra un estar en el mundo que supone un modo de realizarse ese mundo en el hombre, modo que sólo tendrá lugar mientras cada hombre viva.

Ese modo de ser que podemos llamar humano, esencialmente humano, explica la larga duración de las constantes de latitud humana de los iberoamericanos ante los proceso históricos. Por raro que parezca afirmarlo, en Iberoamérica no ha habido, como se dice, rupturas: ha habido más bien sacudidas, es decir, epifenómenos superficiales que no han destruido la entraña básica del modo de ser. Ser iberoamericano es poseer simplemente un talante, una actitud ante la vida y las cosas, postura que se define radicalmente para implantar ese mismo orden de que es la vida antes que las cosas. Si Iberoamérica «es», es «así», y si no «es así», ni es así ni ha sido, ni será.

Si ante un mundo absorbido por un enloquecido desarrollo tecnológico, convencido de que es progreso la posibilidad de destruirse desde las estrellas, poseído de una convicción que le lleva a montar cualquier proyecto «cultural» sólo desde un análisis que augure un buen rendimiento económico, no hay un grupo de mujeres y hombres que puedan definirse por su capacidad de invertir esos planteamientos y preguntarse, no ya cómo hay que emplear la bomba atómica, sino si tiene algún sentido haber llegado a inventarla. Si ese grupo no existe, difícilmente se puede apostar por el ser humano. Si algo puede dar Iberoamérica al mundo es su modo de verle, su modo de vivirle frente a los que sólo se plantean la posibilidad de explotarle y consumirle.

Entendámonos, en todas partes existen y aparecen mentes elegidas que proclaman la necesidad de esas actitudes. No estoy escribiendo aquí que sólo individuos de Iberoamérica hayan definido la urgencia de engarzar hombres, todos los hombres del mundo, en lugar de usar a éste como arma y campo de combate en una lucha entre hombres. Me refiero más bien al hecho, que me aparece indiscutible, de la existencia en Iberoamérica, como específica señal distintiva, de un recóndito talante social ante los hombres y el mundo. No nacido del recurso del filósofo, ni del testimonio de un profeta, sino del espíritu de sus sociedades, talante por poseer ese origen, no se fractura por las contradicciones y alcanza a vertebrar millones de historias personales en una relación casi galáctica, que dota de sentido global a infinitas corporeidades no fundidas unas con otras en pieza única y monolítica.

Español y negra

Si esos es así, lo es no sólo por efecto de la lengua. Ya apunté al comienzo su diversidad. Y es que si la lengua es sangre del espíritu como quería Unamuno, eso trae el riesgo de que, violentado a Nebrija, se la use de compañera de cierto imperio, aquel que más busca vencer que convencer. Además y en última instancia, sí muchos confunden lengua y patria, Iberoamérica se amplía a un conjunto de patrias. Efecto es de su actitud vital acuñada en el mestizaje y el sufrimiento y remachada hasta la motivación inconsciente de su psicología social. Sólo engendran belleza los que han sufrido dilatadamente, como demuestran las músicas populares creadas en el anonimato de las generaciones sucesivas. Sólo superan las contradicciones quienes han sabido incorporar la esencia de ellas a su carne y su vida mediante el mestizaje. Aquellos que son poso del dolor, por un lado, y amor pese a carácter, de otro. Repito, quienes han sufrido y son mestizos, poseen un talante que les lleva al aprecio esencial de cada instante de su vida y las de los otros, aunque sólo mientras esa vida les es dada, sin énfasis ni adherencias a ella en demasía.

¿Qué caminos de integración serían adecuados a nuestra Comunidad? Ciertas expresiones históricas han mostrado, no tanto que el sueño de Bolívar fuese error, cuanto que han de recorrerse más tiempos y más caminos. Iberoamérica hoy es un conjunto de patrias destinadas a vivir por ahora como hermanos que se alojan en casas próximas pero distintas. La geografía y no sólo ella señala más razones de inmediatez en unas zonas que otras para la confluencia de nacionalidades. Donde eso no sucede, sólo procesos complejos, distintos y dilatados irán permitiendo aproximaciones por vías sucesivas, distintas inicialmente siempre de las mezclas de estructuras políticas.

Operaciones largas, destinadas a recorrer comunidades culturales y necesidades pueden ir, irán sin dudad aproximando aislamientos o desdén sin futuro. Pero la integración esencial consiste por hoy en lograr algo tan simple y tan difícil como es que la certeza en la existencia de la Comunidad Iberoamericana misma como tal, se haga convicción generalizada entre quienes la forma.

Papeles recíprocos juegan todos los estados afectados en lograrlo, pero quizá especialmente los ámbitos europeos de la Península Ibérica; los pueblos hispanos de ese espacio integran la España de Camões, la España cuya primacía reclamó por mucho tiempo la diócesis portuguesa de Braga. Desde una óptica iberoamericana es bueno que, cuando se diga «España», se entienda no tanto como referencia paralela a Portugal sino más bien como la resultante espiritual del ensamblaje de los pueblos peninsulares todos. Así entendida, como trabazón de las específicas hispanidades peninsulares, la Península Ibérica es «España», no por el predominio político de una de sus piezas, sino por la conjunción armónica de todas.

Por eso puede ese conjunto ayudar mucho a que no se debilite, sino se afiance la convicción de Iberoamérica en sí misma. Y no tanto por aquella metáfora, quizá poco eficaz, de ser los pueblos peninsulares supuestos «puentes con Europa», sino más bien por el hecho de ser tierras fronterizas y periféricas, para la relación Iberoamérica- Europa. En esos espacios suele aflorar una sensibilidad especial para captar los riesgos o venturas que evolucionan en torno al principal tronco comunitario. Más allá de maternidades o de paternidades el papel principal de los hispanos peninsulares aparece concebible al modo de una lanzadera que evite interiorismos, comunique pensamientos y relaje problemas. Pero recuérdese siempre que la tarea principal es difundir la noticia de que la integración esencial existe; de que la Comunidad Iberoamericana existe en la hondura y raíz que arriba se señaló, pese a los que alegan epifenómenos diversificadores para negar una realidad que no depende de éstos, sino de los otros fundamentos señalados.

Albarado mestiza

Ahora bien, reconocer que la existencia de Iberoamérica se hace realidad sobre la textura indicada, implica la necesidad de comunicación y audiencia. De nada serviría justificar nuestro ser colectivo en una determinada actitud ante el mundo y los hombres, si ese modo de vivir no fuese presentado a los demás. Ante el orbe de hoy la Comunidad Iberoamericana tiene el derecho y el deber de ser oída, y a ello principalmente debe aspirar, para introducir en las relaciones internacionales su específica visión del papel del hombre ante los hombres del mundo. No se trata de un planteamiento jurídico, sino ético, y por ello tienen más fuerza que la menguada coactividad propia del derecho internacional. No es casual que en los últimos tiempos nuestra Comunidad haya hecho oír sus voces universalmente en un vehículo literario. Se trata de la manifestación de la lógica más alta de las cosas, pues cuando se entrega al mundo un lenguaje que va más allá del habla o la escritura, para se símbolo de actitudes y mentalidades fundamentales, se está demostrando la capacidad para poseer los rasgos precisos que engendran las más amplias comunidades y para ofrecer a otros esa personalidad propia.

Pero también es derecho y deber de Iberoamérica mirar hacia adentro de sí misma, para colmo de las desigualdades que son la amenaza perpetua de sus democracias, para meditar sobre raíces y efectos de actitudes presidencialistas, desvertebraciones sociales y heterogeneidades económicas. En esa introspección los instrumentos básicos habrán de ser la idea y la rabia. Iberoamérica deberá articularse para poder erguirse ante el mundo y si no es posible prescindir para eso de la ira, tampoco puede olvidarse que sólo produce efectos perdurables la ira iluminada, que es especie de la ira sólo encendida.

No se trata de lograr unidades, ni menos políticas, a la pura fuerza, como otras veces intentó Europa para sí con el fracaso conocido, por ejemplo, en el caso napoleónico. Se trata de, una vez asumido el espíritu específico que hace ser Comunidad al mundo Iberoamericano, presentar tal rasgo fuera, e infundirlo dentro; de practicar el iberoamericanismo como voluntad de norma ética. Es un combate difícil y diversificado, que se prolongará por los siglos. Pero la peculiar forma en que cada una de sus batallas se libra, no debe hacer nunca perder la conciencia de que no es ella episodio aislado, sino pieza de conjunto. Sirva como ejemplo recordar, aunque algunos se horroricen, que es preciso atender a lo no desvinculable de hechos como que en 1861, el presidente Benito Juárez suspendiese los pagos de la deuda externa mejicana y en la segunda mitad del siglo XX, nuevos Presidentes, Fidel Castro o Alán García hayan tenido que seguir pronunciándose sobre la misma en otros países.

A imagen y semejanza de ese caso debe entenderse siempre el particular tejido que enlaza historia y presente en la Comunidad Iberoamericana. Si, como quería Dilthey, revelar las conexiones de sentido es lo determinante para que tenga fuerza de vida la tarea de historiador, esa exigencia se agudiza hasta el infinito en la captación, por aquella Comunidad, de su propia identidad.
Somos una Comunidad, contamos con una peculiaridad básica ensambladora que está resistiendo guerras, pobrezas, asaltos, zarpazos internos y externos, contradicciones y egoísmos propios y ajenos. No es nuestra debilidad sino nuestra fuerza que no pueda encajársenos en comunitarismos sólo políticos o económicos. No es fractura sino viga disponer de varias lenguas, razas o tradiciones y no lo es porque hemos sabido acuñar su forma de articularse. Podríamos ser los portadores del mensaje del valor vital del hombre en el mundo en cuanto hombre. ¿Queremos serlo?

José Manuel Pérez-Prendes Muñoz-Arraco

Texto publicado en la obra "Iberoamérica, una comunidad" año 1989