martes, 4 de octubre de 2016

Repúblico Hispano: La urdimbre del siglo XXI: la disolución nacional y las nuevas tecnologías

Mapa de cables de fibra óptica mundial


Para hablar de una figura como la Comunidad, entendiéndola como posible figura política protagonista de este siglo, hay que acotar los cambios tecnológicos que están degradando el Estado-nación y la idea de ciudadanía. Gustavo Bueno en su libro El mito de la izquierda explica que el paso de la sociedad estamental de Antiguo Régimen al Estado-nación o Nación política, se hace por un juego de proyección entra la política y lo científico. Los revolucionarios franceses se inspiraron en las ciencias fuertes, ciencias cerradas como la química, para aplicar su racionalidad al mundo político. La Gran Revolución trituró la sociedad estamental del Reino de Francia - un voto por estamento en las Cortes del reino-, hasta convertir a sus componentes en individuos atómicos, en elementos de la tabla química de Lavoisier, en ciudadanos a los que se les otorga una carta de derechos que, como los átomos por si solos no pueden hacer política sino que tienen que agruparse en un conjunto, se organizan en la Nación política soberana. Es la base ideológica de la figura institucional que nos ha representado políticamente estos dos últimos siglos. Una ideología que nació con el florecimiento de las ciencias fuertes de los siglos XVII y XVIII, con aplicaciones técnicas como la máquina de vapor de James Watt patentada en 1769, veinte años antes de la Gran Revolución en Francia.

El gran acompañante tecnológico, el que le dio fuste y vigor, de la Nación política fue el ferrocarril. Es el patrón tecnológico que permite a la Nación política marcar su territorio. Por medio de la expansión de la red ferroviaria, los nuevos gobiernos nacionales soberanos irán apoderándose del territorio nacional, controlándolo con las comunicaciones rápidas, preparándolo para el modelo económico burgués del siglo XIX. Durante los dos siguientes siglos todas las innovaciones tecnológicas tendrán esa escala nacional: telefonía, redes de carreteras, radios, televisiones… Todos los medios de comunicación de masas de la segunda parte del siglo XX se amoldan a dichos parámetros, con la excepción que confirma la regla de los satélites y una mínima conexión internacional por medio del telégrafo y las comunicaciones telefónicas –avanzado ya el siglo XX- internacionales. Eso se rompe en 1987 con la explosión en el mundo financiero del Big Bang comunicativo con la informatización de las plazas financieras, promocionado por la dupla anglosajona Thatcher y Reagan. Es en el ámbito de las finazas en el que se aplicará en la esfera civil algo que se venía estudiando en el campo militar desde hacía años. El germen de la sociedad 2.0 que hoy conocemos fecha su núcleo en esas décadas de finales del siglo XX.

La malla digital



El principal impacto tecnológico en lo que va de siglo es la digitalización y la aparición de las redes sociales. Se da la paradoja de que pensamos que las comunicaciones del mundo se organizan como nuestra red wifi casera. El usuario final piensa que son los satélites con sus ondas los que mantienen conectado al mundo por medio de Internet. No es así, es como si confundiésemos el grifo con el sistema de tubos de canalización del agua. Los sistemas wifi son las salida (de un radio muy corto), el grifo en forma vulgar, de un sistema de canalización en el que la información circula por una inmensa malla de cables que se ha ido tejiendo desde finales del siglo xx. Una malla de cables de fibra óptica, material de óxido de silicio de los que están hechos dos tubitos concéntricos, revestimiento y núcleo, con un índice de refracción ligeramente diferente, y por cuyo núcleo viaja la luz gracias a un proceso que se llama reflexión total, substituye al viejo material de cobre. Por este sistema se transmite gran cantidad de datos -el famoso ancho de banda- a la velocidad de la luz a enormes distancias. El noventa y nueve por ciento de la información que circula por la tierra lo hace por cable de fibra óptica -los satélites se usan sólo para zonas remotas a la que es muy costoso lanzar cable- que envuelven al mundo.



El mapa de cables de fibra óptica submarina que tenemos arriba es un borrador que nos puede decir muchas cosas interesantes sobre el futuro. Podríamos entenderlo como un boceto, un croquis, de lo que podría ser la construcción del edificio geopolítico del siglo XXI. Hay que tomarlo con prudencia. Este boceto podría ser parecido al de la construcción de una de esas viejas catedrales que encontramos en nuestra ciudad. Aquellos proyectos del siglo XVI en los que se dibujaban los planos, pero miles de cosas podían ocurrir cambiando sustancialmente el proyecto: un crisis en el cabildo que hiciese que la catedral que iba a tener dos torres al final tuviese una, como la de Oviedo; o que hubiese una guerra, y por los muchísimas interrupciones y retrasos, el estilo de construcción final nada tuviese que ver con el estilo diseñado en los planos quedando una artística e histórica mezcolanza. Pero lo que está claro es que se necesitan más cables para mejorar la conectividad del mundo, y estos cables se organizan de una manera especial: en mallas.

Una malla digital tiene dos momentos que van conjugados: hay una urdimbre física de cables de fibra óptica, que se despliega como el conjunto de hilos colocados en paralelo y a lo largo en el telar para tejer sobre ellos la trama del tapiz, hay unas instituciones que se ocupan de mantiene en servicio y reparar los desperfectos de la malla, además de controlar y guardar la información que circula por ella, al moverse en un espacio que desborda la escala del Estado-nación se convierten en instituciones transnacionales, verdaderamente transnacionales; y después está la trama de comunicaciones que se produce en esa urdimbre de fibra óptica, relaciones de individuos con individuos -que no tienen que pertenecer a la misma Nación política-, relaciones de comunicaciones de máquinas con máquinas (la mayor parte de las comunicaciones en la red son conversaciones entre máquinas), de individuos con máquinas, de individuos con objetos y máquinas con objetos, toda una trama digital envuelve los territorios (capas basales en terminología buenista) redefiniéndolas y suturándolas, una trama que difumina a la capas conjuntivas de los Estados, encargada del poder ejecutivo, legislativo y judicial, y las capas corticales (poder militar que ya no es nacional por la OTAN, poder diplomático y poder federativo).

Malla digital anglosajona


Las mallas se asientan sobre los viejos espacios imperiales, sobre aquellos restos de los naufragios de los viejos imperios de los que hablase Gustavo Bueno en su obra “España frente a Europa”, sus límites están fijados por parámetros culturales, lingüísticos y poblacionales. La malla ha de tener un determinado volumen poblacional, ha de envolver varios territorios explotables económicamente de cientos de millones de habitantes, para ser efectiva y verdadera. Por el Atlántico Norte pasa una malla, la única en funcionamiento hasta la fecha (la vemos arriba), que cubre el fondo marino entre el norte de la costa este de los Estados Unidos y Reino Unida, por ella se dan miles de comunicaciones y su núcleo es la cultura genérica anglosajona. El brexit, observado desde esta escala, no sería ningún regreso al reduccionismo nacional. No puede haber tal regreso donde la conectividad entre dos masa de población alejadas pero culturalmente homogéneas es tan alta. Podríamos preguntarnos si no estamos ante los primeros pasos hacia la desaparición de Reino Unido y Estados Unidos. Si no estamos ante los balbuceos de la conformación de una sociedad anglosajona que ya está en plena comunicación y comienza a abandonar la cáscara del Estado-nación o, en todo caso, a transformarla de tal manera, que dentro de unos diez años el viejo Reino Unido, tal como lo conocemos, será tan Historia como la Inglaterra del Antiguo régimen de Enrique VIII. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que hay una especie de tapiz en un telar de lanzadera sobre el Atlántico Norte por el que se comunican los anglosajones y, lo que es peor para nosotros, por el que el resto del mundo también estamos obligados a pasar en nuestras comunicaciones.

La ideología del mundo globalizado, de la aldea global comunicada por internet, de la relación del todo con el todo, es falsa. La teoría de la symploké platónica que dice que no es posible que todo esté relacionado con todo o que nada tenga relación con nada, debe haber conexiones y desconexiones, se da en el orden físico de las urdimbres de los cables de fibra óptica. No hay una urdimbre de cables de fibra óptica entre la otra zona óptima del Atlántico norte: la zona hispana. Pero si tirásemos una malla de cables entre Cuba y Canarias (siguiendo el patrón marcado por las rutas de los galeones, la famosa carrera de las indias), con sus servidores, instituciones transnacionales, y el control exclusivo de una masa de millones de ciudadanos por esa malla, la dialéctica con la del Atlántico norte sería evidente. Pronto se dejaría de hablar de la red neutra, de la libertad de los usuarios… Instituciones como Apple, Microsoft, Google, Netflix, NSA, GCHQ que tan fácilmente se burlan de superpoderes como la Unión Europea, tendrían graves problemas con las instituciones generadas en la malla paralela.

La malla frente a Europa




La Unión Europea es un construcción internacional muy particular: un Estado-nación de Estados-naciones. Es exactamente eso. Su tradición está anclada en la Gran Revolución y la Nación política, el modelo francés, como principal actor político. Los Estados de Europa han ido viendo surgir en el horizonte a imperios como Rusia, China, la India, viejos imperios transformados en Estados continentes que hacían de los nuestros actores de segunda. Francia y Alemania no podían permitir ser relegadas a un segundo plano y sacrificaron parte de sus soberanías -muy poca, casi ninguna-, para construir un monstruo, una institución política dura, que es la actual Unión Europea.

La UE puede lidiar, peor que mejor, con los imperios “duros” continentales. Con lo que no puede la UE es con el transformado anglosajón, que, tras el agotamiento de la globalización, ha mutado en algo que se le escapa entre los remaches al viejo armatoste europeo. Los anglosajones han seguido la técnica del Emperador Augusto: fundar su imperio bajo los viejos ropajes de la República romana muerta, bueno, en este caso bajo los ropajes del viejo Estado-nación. Desde mediados de los años 80´s del pasado siglo y con la malla de la que hablábamos arriba, han mantenido la fachada de los Estados mientras construían una Comunidad financiera líquida articulada por centros como la City de Londres y Wall Street en Nueva York, una forma específica de capitalismo es la ideología de esa Comunidad financiera líquida anglosajona: el capitalismo popular, que cristalizó en las administraciones conjugadas, casi siamesas, de Margareth Thatcher y Ronald Reagan. Siguiendo esta línea es probable que Trump se haga con la victoria presidencial frente a la política imperial-globalizadora de Hillary Clinton. Se impone un repliegue sobre la Comunidad, sobre la placa anglosajona en conexión 2.0 (o 3.0, vete a saber), para controlar las comunicaciones mundiales recortando gasto en defensa y con los combustibles fósiles garantizados por las nuevas técnicas extractivas.

Los anglosajones siempre han dominado la famosa sociedad líquida, la del siglo XIX por medio de su Navy, y, parece que también, la del siglo XXI con la malla digital. Las sociedades líquidas, por mucho que especulen los franceses, siempre discurren sobre cauces y fondos marinos muy sólidos. El problema de los europeos continentales es que sus fondos no son de mares u océanos, sino de pobres riachuelos. Es así que ven con impotencia como la sociedad líquida anglo permea sus viejos caserones nacionales. Ante las narices de los Estados-nación sus ciudadanos entregan voluntariamente a través de sus móviles su localización, gustos, patrones de consumo, incluso datos biométricos, a instituciones sobre las que el Estado al que pertenecen dichos ciudadanos no puede poner bajo control pero que sí controla una placa institucional ajena. Esos ciudadanos tan confiados, con sus acciones, cada día rompen con el concepto de ciudadanía elaborado en el siglo XVIII e inspirado en el atomismo cartesiano. La idea de ciudadano como átomo, como individuo que es elemento fundamental de la soberanía nacional, se diluye con la acción de éstos en sus móviles.

Los viejos Estados se ven incapaces, ya no de controlar a sus ciudadanos, ni siquiera de controlar ni sus propios secretos. Ahí estaba la presidenta Dilma Roussef, que harta de que espiasen sus comunicaciones cuando pasaban por la malla del Atlántico Norte -con sus dos cedazos de criba de información a ambos extremos, en RU y EEUU-, decidió lanzar uno mísero cable de fibra óptica que conectase por el Atlántico sur Brasil y Europa, desde ese aciago día, toda clase de maldiciones cayeron sobre ella hasta que tuvo abandonar el cargo. Ante estos ejemplos los presidentes de Francia y Alemania se dejan espiar, al igual que todas las corporaciones industriales occidentales. Cuando alguien se cansa y se mete con Apple, por poner un ejemplo, se desploma un banco.

La Comunidad como cono de revolución político




La malla digital es un lecho tecnológico, un instrumento en el que cristalizan ideas, líneas históricas y relaciones antropológicas que se proyectan de tal modo que los parámetros a la hora de hacer política cambian por completo. La acción de la malla digital en el campo político sería como la rotación de un triángulo que girase sobre uno de sus lados generando un cono de revolución, del mismo modo la acción de la malla digital genera una Comunidad política que envuelve capas basales y transforma capas corticales y conjuntivas. La Comunidad sería el final del reduccionismo nacional del que tanto hablase en el último año de sus vida Gustavo Bueno:

La idea de nación es una reducción que está dentro del concepto de imperio, que es una realidad política más compleja.

En su última lección insistía en plantear los problemas de la actualidad tomando la perspectiva, con todas las precauciones pertinentes, desde la época del Barroco. Observar los problemas políticos de la actualidad a la luz del siglo XVII, es decir, interpretar nuestra realidad política desde el ámbito complejo de los espacios imperiales. GB parecía darse cuenta de que la época del reduccionismo nacionalista tocaba a su fin y las nuevas tecnologías nos obligaban a ver los hechos políticos a una nueva escala, la de los olvidados imperios. Los anglosajones ya están en ello y han generado una Comunidad finaciera depredadora, como mandan los cánones de su tradición histórica.

Es por esto que nos parecen irónicas las críticas de algunos discípulos de GB desde el otro lado del charco. Es paradójico que alguien nos eche en cara que no entendamos que la soberanía de los Estados no es absoluta, que existen relaciones internacionales entre naciones, porque quien nos lo reprocha se las ha saltado todas. ¿Cuándo hace treinta, cuarenta o cincuenta años, se podía presentar mediada la vida, sin currículum académico, sin relaciones con autoridades académicas en activo, sin plaza de funcionario y habiéndose presentado a una convocatoria a las oposiciones, obteniendo una nota paupérrima, con un currículum en el que lo más destacado es un grupo de videos en youtube, los post de un blog y algunos artículos en un revista digital sin sello académico y, a pesar de todo ello, lograr un puesto de profesor allende los mares desde el país de origen? ¡¡¡Cuándo!!! Pues en los tiempos de la malla digital, en la que los ciudadanos desbordan las dimensiones estatales.

La prueba de esto, la tesis fuerte que ejemplifica el agotamiento y muerte del Estado-nación clásico, es Francia. Una nación que siendo el modelo de esta figura política, está completamente agotada, que ya no es capaz de generar ciudadanos. Una nación que tiene dentro de sí una "masa comunitaria" que se expande como un cáncer y acabará con ella. Porque esa "masa comunitaria" actúa contra el cuerpo nacional como las células cancerosas al no reconocerlo como propio: primero en el aspecto ideológico (nematológico), y luego en el estructural. El drama no es que un muchacho magrebí de tercera generación sea aleccionado a través de las redes sociales para convertirse en un fundamentalista islámico y, luego, en un terrorista que ejecuta actos diseñados a cientos de kilómetros en el espacio público francés. La nación francesa no es que tenga un problema social porque el islam y su comunitarismo le reconfiguran los ciudadanos por medio de las mallas digitales. El drama es que la malla, ha reconfigurado al resto de los ciudadanos, a los que no están bajo el “comunitarismo islámico”, y ha desmontado la vieja nematología nacional con la que orillar, aislar, y reconvertir a esos elementos. El Estado queda inerme.

Esa es la prueba de fuego del ocaso de los Estado-nación. Sus ciudadanos se le esacpan, rompen con el atomicismo y por tanto con la soberanía nacional. Podría decirse que vuelven a enclasarse, de alguna manera, en una especie de sociedad neoestamental y transnacional. Cuando los Estados se enfrentan a las instituciones de la malla fracasan. Es más, las instituciones acaban imponiendo modificaciones a su favor en los poderes legislativos mediante presiones en capa basal y en lo ejecutivos. Pero, ¿qué pueden hacer los Estados-nación frente a la malla digital, arrebatarles a sus ciudadanos los smartphones? Las naciones tal como las hemos conocidos son viejos caserones de sillares partidos, fuera de sitio y rotos por el que se cuelan las mallas digitales, las sociedad líquida de las redes sociales. Una estructura la de estos viejos edificios, caduca y obsoleta, pensada para tiempo y condiciones de siglos pasados.

F.

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