jueves, 28 de julio de 2016

It´s a cable world







Mesa de Redacción de AptsFelguerinos

Los Ambersons en Fort Apache


   Las películas son mitos que se construyen a partir de las técnicas cinematográficas y quedan materializados en celuloide. Bueno, eso antes, en el Siglo XX, ahora hay formato digital. Decía que las películas son mitos, pero eso no es suficiente porque, como en casi todo, hay mitos luminosos -mitos buenos en terminología de GB-, que nos ayudan a entender y arrojan luz sobre los temas que tratan, y mitos oscuros, que buscan confundir y hacer ininteligible el asunto del que se ocupa el mito. Hollywood, por regla general, confunde más que aclara. La meca de la cinematografía estadounidense es la institución anglosajona, el cuerpo de ejército más poderoso, con el que dicha plataforma política y cultural (USA+RU), la que se expresa en inglés, controla el mundo. Por ello no paran de crear mitos formalmente maravillosos, mitos tan bien logrados en su forma exterior, de un poder tan embelesador para el resto de los habitantes del planeta, aunque tan falsos y confrontados con la realidad en su esencia, que cuando los no anglosajones los quieren llevar a cabo en el mundo real o siguen sus patrones ideológicos, el desenlace siempre es el mismo: un desastre del que sólo sacan tajada política los creadores de dichos mitos. Aunque no todo va a ser el reino del mal, entre la enorme producción hollywoodense se encuentra alguna gema luminosa. De una de esas gemas, de uno de esos mitos que se obtiene un fulgor luminosos y no niebla que confunde, nos vamos a ayudar -es decir, que lo utilizaremos como percha-, para tratar un asunto que nos apasiona: el gozne de la Historia; esos lapsos de tiempo en los que se pasa de unas formas, de un modo de entender el mundo, la vida y la moral, cuando las viejas estructuras materiales en las que se asientan se cambian por unas nuevas o se transforman de tal manera que son irreconocibles, generando un nuevo entorno que exige otra forma de “estar” nueva ante el entorno que nos rodea.


   La película elegida es la que lleva por título “The magnificent Ambersons”, o como extrañamente titularon en español “El cuarto mandamiento”, filmada en 1942 por Orson Welles, es la adaptación de la novela con el mismo título –en inglés- del autor Booth Tarkington, publicada en 1918. Isabelle Ambersons, heredera de una de las mejores familias de la aristocracia de Indianápolis, rompe por orgullo con su novio Eugene con motivo de un desgraciado malentendido, y se casa con un adinerado joven de su clase social pese a seguir aún enamorada de su primer pretendiente. Pasan los años e Isabelle enviudará de su marido quedando sola con su hijo George. Un día llega a la ciudad su viejo amor Eugene, viudo también, con su hija Lucy y convertido en un empresario de éxito de la industria del motor. El amor renacerá entre Eugene e Isabelle, como también surgirá entre el hijo de la primera y Lucy. Pero el carácter orgulloso de los Ambersons, apaciguado en Isabelle, pero muy exaltado en el joven y caprichoso George, provocará que este último trate de hacer todo lo que esté en su mano para acabar con la relación de su madre, arruinando la vida de su entorno familiar e incluso su propia relación amorosa con Lucy. La película siguiendo el argumento de la novela de Tarkington retrata la confrontación soterrada que se produce entre las formas y modos de una vieja clase adinerada moldeada en los ideales del siglo XIX, y los de una nueva clase industrial que emerge a comienzos del siglo XX.


   Una de las secuencias en las que esa confrontación se muestra más claramente, es la escena en la que se representa una cena donde Eugene explica los cambios que supone la aparición del automóvil para la sociedad del siglo nuevo. La familia Amberson, ya decadente y con una grave crisis económica, escucha entre asombrada, temerosa y renuente al relato de Eugene, ponen pegas a su invitado y añoran los viejos tiempos de los carruajes de caballos. En esa conversación se va dibujando los cambios en el trazado de la ciudad para adaptarla al automóvil; cambios que ahondarán más la decadencia de unos Ambersons que se ven completamente desfasados en su vieja mansión. El más incapaz de entender los nuevos tiempos es el joven George, que aferrado a la vieja educación, se enfurece y ofende a Eugene, mientras que los elementos más veteranos de la familia reprueban su actitud resignados ante un ocaso inevitable.


   Orson Welles quedó apartado del proyecto de la película por sus desavenencias con la productora. No pudo montarla. Su idea era hacer de este film la parábola de su tiempo. Es interesante establecer un puente entre la fecha de publicación de la novela, el año 1918 cuando llega a su final la I Guerra Mundial, y la fecha en que se rueda, el año 1941, en plena II Guera Mundial. El año en que se publica la novela finaliza un conflicto que entierra el Siglo XIX. El final de la guerra dará paso al complicado período de entreguerras, época lleno de ajustes y tensiones, con unas sociedades que no saben bien el terreno que pisan, inseguras, porque los viejos valores ya no sirven en un mundo en el que las cosas cambian a velocidad de vértigo. Los Estados burgueses decimonónicos, forjados por el ferrocarril y el telégrafo, ven como les saltan las costuras de sus instituciones parlamentarias liberales, como nuevas formas de pensarse, de participar en política van apartándolos, cuando no empujándolos violentamente, a lomos de la aparición de nuevas tecnologías. La irrupción de la radio, del automóvil, el desarrollo de la aviación, el cine, la construcción de carreteras que recorren los Estados nación, la expansión de las redes de telefonía, son el terreno abonado sobre el que se levantarán las nuevas ideas y valores del Siglo XX.


   Aparecerá un protagonista escondido o invisible para el individualismo burgués: las “masas”. Unas “masas” que tienen sus límites, recortadas por el patrón de los Estados-nación con un radio poblacional entre 50 y 60 millones. Unos Estados-nación que serán las formas en las que se encarnarán proyectos imperiales como el alemán, creando el III Reicht pero con corazón de nación alemana, o la URSS con corazón Ruso, o unos USA ya convertidos en una República Continente. Las nuevas tecnología permiten que estos grandes Estados-nación con pretensiones imperiales sean tremendamente eficaces y racionalizadores en la organización y control de territorio y la "masa poblacional". El Estado fuerte y abarcador es una presencia indiscutible. Empieza forjarse la idea del Estado totalitario. En Italia las ideologías abstractas y esteticistas que eran un conjunto de ideas vagas en el viejo Estado burgués del XIX, irán tomando cuerpo, concretándose en la ideología fascista de Mussolini gracias al lecho propicio que generó la transformación de estas nuevas tecnologías en la transformación estatal. Los planes quinquenales de Stalin están cortados por el patrón del capitalismo fordista, el comunismo pone en marcha la Rusia industrial a todo velocidad. La Alemania nazi ensayaría los grandes movimientos de masas, la acción propagandística de un Goebbles que luego sería modelo de los publicista de Madison Avenue en Nueva York. Todo esto chocaría en la II Guerra Mundial y, tras la victoria la URSS y USA, tendríamos un mundo dividido entre el Capitalismo de planificación central y el Capitalismo de las Democracias de Mercado Pletórico. En occidente votaríamos como cuando entramos en un supermercado y nos acercamos a la estantería en la que se exponen los yogures: lo elegido siempre es lo mismo, yogur; eso sí, cambia el envoltorio. Los socialistas serían una tuerca más en la gran cadena de producción socialista.


   El viejo mundo burgués decimonónico sería una sombra del pasado. Como sombras temerosas son los Ambersons ante lo que les cuenta Eugene. Y algo así, a fantasmas del pasado, me recordaron las figuras de los panelistas del programa de debate Fort Apache en el programa que analizaron el Brexit


martes, 26 de julio de 2016

Cebo de gusanos


La visita del príncipe de Ligne a Voltaire duró ocho días. El príncipe la cuenta en ocho páginas de una insustancialidad completa. Solo me han parecido relevantes dos cosas. Que Ligne comienece su relato con esta frase:<<Lo mejor que podía hacer en presencia de Voltaire era no mostrar el menor ingenio>>. Y este párrafo:<<Como he de trasladar cuanto oí de aquel gran hombre, diré lo que escuché con toda claridad un noche en que, tras pasearme por el jardín, me encaramé a una gruesa piedra para verle escribir en la cama: se tiró un pedo descomunal, más propio de un albañil que de un hombre de letras. Yo hube de huir a toda prisa, para que no me oyese la risa>>.

Iñaki Uriarte



Mesa de redacción de AptsFelguerinos

martes, 19 de julio de 2016

Un pueblo es, un pueblo es...

pueblo congregado

El pueblo es, sencillamente, una creación histórica y su principal dimensión está en el tiempo. Un hombre solo, en las debidas circunstancias de lugar y de tiempo -un campesino castellano, por ejemplo, erguido sobre sus cuatro terrones en la soledad de la llanura- es, como si dijéramos, todo un pueblo.

Julio Camba



Mesa de Redacción de AptsFelguerinos

lunes, 18 de julio de 2016

I´m easy


Thomas Mann le prestó  El Proceso a Einstein y éste se lo devolvió con estas palabras: << No he podido terminarlo. No lo entiendo. El mundo es complicado, ¿pero tanto?>>
Iñaki Uriarte 





Mesa de Redacción de AptsFelguerinos

domingo, 10 de julio de 2016

The Chilcot game

Chilcot: Blair y los neocon de EEUU usaron mentiras para invadir Iraq


Mesa de Redacción de AptsFelguerinos

Camba en el Cotton Club


Nueva York aborrece a los negros, no cabe duda, pero los aborrece únicamente desde las ocho o nueve de la mañana hasta las doce de la noche. A las altas horas de la madrugada no puede pasarse sin ellos, y, abandonando los cabarets del Broadway con su alegría mejor o peor imitada, se va a Harlem en busca del real thing, esto es, en busca del artículo verdadero. Para los americanos de estirpe puritana la alegría es una invención negra.



Si los blancos odian a los negros es, en cierto modo, como el vicioso odia su vicio. Se ve, en fin, que los blancos pueden odiar a los negros durante el día y a las horas laborables, pero que, a pesar de todo, hay algo en el fondo de la raza mal dita que los atrae de un modo irresistible.




Todo lo cual tiene una explicación bien sencilla: la falta de una lujuria propia en el pueblo americano. Naturalmente, yo no voy a salir aquí en defensa de ningún pecado capital, pero opino que todos los hombres, aun los de abolengo puritano más directo, están hechos del mismo barro, y que si se prescinde de su naturaleza o si se quiere ir brutalmente contra ella el error será funesto. La dictadura puritana arremetió contra todo pasión carnal de un modo verdaderamente feroz, y hoy pueden ver a este pueblo que, totalmente desprovisto de sus instintos lujuriosos, no tiene más remedio que arreglárselas con la lujuria de otros pueblos.

Julio Camba


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¡¡¡Welcome!!!



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viernes, 8 de julio de 2016

Camba en el país de Jim Crow


Hay quien habla de matar a todos los negros; hay quien habla de echarlos, y hasta hay quien habla de esterilizarlos, y, desde luego, cualquiera de estas medidas podría tener cierta lógica; pero lo absurdo es eso de separar a los negros de los blancos en el tranvía, en el teatro, en la escuela y hasta en la iglesia, como ocurre especialmente en los Estados del Sur. En las boticas hay dos procedimientos para evitar que la solución de sublimado corrosivo pueda confundirse con el agua destilada: uno es el de poner los frascos en lugares opuestos de la estantería, y otro es colorear la solución, y claro está que, cuando se utiliza este segundo procedimiento, el primero resulta completamente innecesario. ¿Para qué separar cosas de apariencia tan distinta como un líquido azul y un líquido incoloro? ¿Y para qué separar a los negros de los blancos si salta a la vista del más miope quiénes son los blancos y quiénes son los negros? Muy bien que se separasen a los negros latinos de los negros anglosajones, y aun a los blancos anglosajones de los blancos latinos. Muy bien que se separasen a los millonarios de los sin trabajo, que visten, poco más o menos, tan bien como ellos. Muy bien que se separase en fin, a los garnujas de las personas decentes; ¿pero para qué separar lo que ya está perfectamente diferenciado?
   Por mi parte opino que el problema negro no existe, y que no existe precisamente porque los negros son una raza de color.
Julio Camba


Jim Crow


Mesa de Redacción de AptsFelguerinos

jueves, 7 de julio de 2016