domingo, 25 de septiembre de 2016

MasqApts: Generaciones y votos



Artur Mas (Barcelona, 1956) tiene la edad de mis padres y son los primeros españoles que lo tuvieron todo. Fueron frívolos e inconsistentes, entre la resistencia de nuestros abuelos y el camino arrasado y solitario que nos han dejado. Demasiado bienestar, demasiado excedente. Demasiadas carreras frente a los grises y Franco se les murió en la cama; demasiada épica de supermercado. Demasiado pecado en nombre de una libertad que nunca entendieron y siempre devaluaron. Mis padres y Mas son una sombra y se confunden entre el polvo como las figuras del fantasma. Siempre han vivido de dar lecciones y se ofenden cuando vamos a reclamárselas.

Salvador Sostres

Ya se han celebrado las elecciones en Galicia y el País Vasco. Las cosas, como era de esperar, no han cambiado tanto. Y es que no pueden cambiar. He subido el texto de arriba porque esa generación de la que habla Sostres (cinco años mayor, entre le 48-50) aún tiene mucho peso en las convocatorias electorales, y lo seguirá teniendo en lo que resta de década. Otra cosa será en los años 20´s cuando irrumpan las generaciones del siglo XXI con cada vez más peso. Será entonces cuando se definan las nuevas fuerzas políticas -hoy completamente indefinidas-, y se perfile de verdad las líneas del nuevo siglo con cambios en moral, política, moda y constumbres. Es en la próxima década en la que la política mutará porque el material sobre el que se asienta, las generaciones del siglo XXI y no las del XX, serán un material muy distinto al actual. Me pregunto, ¿cuándo pase la década de los 20´s tendremos estas democracias parlamentarias? Ver, veremos...



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El revolucionario en vela


   Desde hace no sé cuántos años, en invierno o en verano, sea domingo o día laborable (para mí todos lo son y ninguno lo es), me levanto a las ocho menos cinco de la mañana, (no con total exactitud, claro, no soy una máquina: a veces es a las ocho menos siete minutos y otras a las ocho y un minuto o dos, pero son pocas veces). En esta primera mañana de Nueva York, me despierto a la hora de costumbre. Pero miro el reloj y son las dos menos cinco, una hora poco adecuada para levantarse y alborotar la casa, especialmente si uno es un invitado. ¿Y qué hacer si ya he descansado todo lo que necesito descansar, si no me apetece tratar de volver a dormir? Pues lo que siempre hago en estos casos en que no puedo hacer nada: me imagino que trabajo en un periódico y que he de redactar varios artículos: un editorial sobre la situación política, otro de crítica municipal, también el comentario de algún libro, una necrológica...
   


Para la necrológica me inclino por un personaje del que se ha hablado mucho estos días en Asturias, pero del que yo no he escrito nada. Afortunadamente. Si de un muerto reciente no puedes decir nada bueno, lo mejor es que no digas nada. Pero como yo escribo para un periódico imaginario, me divierto poniendo el título: "El Donald Trump de la filosofía". Creo que es el único intelectual, o al menos catedrático, del que no se pueda recordar una declaración pública que no sea una estupidez o una barbaridad.
Lo horrible siempre se esconde tras una sonrisa cínica.

El revolucionario no odia porque ama, sino ama porque odia.

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