martes, 7 de febrero de 2017

MasqApts: El Trump de Reig



La victoria de Trump no es una buena noticia. También es trágica la incapacidad para entender la realidad que delata la reacción incrédula de los progres al uso, los mismos que se rasgaban las vestiduras cuando ganó el Brexit, cuando ganó Rajoy, cuando ganó el no al referéndum por la paz con las FARC, etc. Si para una gran cantidad de personas la realidad deja de ser inteligible y se vuelve un obstáculo imprevisto e inexplicable, nos encontramos en presencia de la estupidez. No hay una sola causa para la estulticia, pero a mí no me cabe duda de que la “cultura de las redes sociales” la acelera. ¿Qué quiere “la gente”? ¿Qué piensa “el pueblo”? ¿En qué mundo vivimos? No es fácil responder a esas preguntas, pero lo que hoy en día se llama información lo hace mucho más difícil. En Twitter y en Facebook, por ejemplo, cada uno recibe solamente la información que quiere recibir, la que procede de sus amigos o de quienes sigue. Este estrechamiento brutal de la visión del mundo sólo puede provocar este resultado, porque las redes sociales lo único que hacen es confirmar los propios prejuicios. Lo que sucede en “mis” redes sociales, donde Trump sólo es un demagogo fascista, sin duda no tiene nada que ver con lo que sucede en las redes sociales de otros, que saben qué es “hacer la cobra”, quién es Chenoa y en qué estado se encuentra la rodilla enferma de un delantero centro. El salto al vacío y a la estupidez se produce cuando uno confunde la, digamos, realidad digital, con la analógica, la que está en el mundo de carne y hueso, donde la mayoría resulta que quiere el Brexit, a Rajoy y a Trump. Para empeorar las cosas, no sólo se trata de las redes sociales, sino que la prensa (la digital en primer lugar, pero también la de papel cada vez con más ahínco) ya sólo escribe lo que sus lectores desean leer, declinando cualquier responsabilidad por darles a conocer realidades incómodas o contrarias a sus deseos. Los tertulianos perdularios no podían dejar de apuntarse a la misma tendencia con entusiasmo. Al final lo que se deteriora es nuestra comprensión de los hechos, de lo que pasa y de la reacción de quienes no son parecidos a nosotros. Nuestra inteligencia se debilita al ritmo al que aumente nuestro aislamiento de los demás. Al final cada vez entendemos menos y nos cargamos más de razón. Vemos y leemos sólo lo que queremos ver y leer, lo que avala a nuestra ignorancia y a nuestros prejuicios. A veces le digo a mi compañera que, si quiere saber qué tiempo hace, es mejor que abra la ventana, en lugar de mirar una pantalla. A veces pienso que esta “cultura digital”, esta “sociedad de la información”, nos hace más incultos y más ignorantes, cada día más aislados e incapaces de mirar al exterior. Cuando hemos llegado a este punto en el que, cada vez que se pregunta a los ciudadanos, la mayoría responde lo contrario de lo que esperábamos, deberíamos mirárnoslo, me parece. La otra opción es abdicar de entender el mundo (aunque sólo sea un poco) y bajar la persiana para estar más cómodos en la complaciente oscuridad de nuestra fe en nosotros mismos, que siempre llevamos razón. No estoy diciendo que “la realidad” esté en la calle o en los bares. Nada parecido, aunque frecuentar la calle y chatear en los bares ayuda. Lo que quiero decir es que hay que procurar una cierta desconexión y limitar esta empobrecedora cultura digital. Como para mirar un cuadro, es necesario alejarse un poco, y por ejemplo leer a los clásicos, que nos incitan a comprender. Librarse de la actualidad, de las novedades, que suelen ser una estrategia de marketing, y poner los pies en el suelo de la cultura clásica (para comprender la actualidad). Nadie que haya leído a Homero, aTácito, a Erasmo o incluso a Dickens o Galdós podrá seguir creyéndose las tonterías que nos repiten a diario. Hay que hacer un esfuerzo, leer libros completos y no sólo artículos o tweets, leer lo que no aparece en la prensa, lo que no queremos que nos digan, sentarse con papel y lápiz a pensar en lo leído, comentarlo con amigos. También en bares, por supuesto. La otra opción son las confortables tinieblas de la sandez y la servidumbre voluntaria. Si no entendemos por qué los demás votan lo que votan, es culpa nuestra. Y lo que es peor: jamás podremos persuadirles de que les interesa votar en otra dirección.


Rafale Reig

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