martes, 7 de febrero de 2017

Repúblico Hispano: Anglobalización



El 30 de agosto del año 2013 el parlamento británico votó en contra de una intervención militar conjunta de Reino Unido y los Estados Unidos en Siria. Aquella fue la primera gran derrota política del entonces primer ministro David Cameron. Tal vez podríamos aventurarnos a fijar esta fecha como la primera señal, no muy llamativa, de lo que ya es un repliegue evidente del mundo anglosajón en el panorama internacional. La negativa de los británicos a intervenir militarmente en Siria, de poner sus hombres sobre el terreno, tuvo una enorme repercusión en la otra orilla del Atlántico modificando los planes militares y geoestratégicos de la superpotencia global.
Algo parecido ocurrió en el segundo descalabro político de Cameron: el voto afirmativo de los británicos al Brexit. Pareciese que los británicos fuesen la avanzadilla que marca el camino, y el susto del Brexit anunciase la llegada de Trump a la Casa Blanca. La llegada de un presidente que podría estar dispuesto a poner fin a un período de hegemonía que cubriría ni más ni menos que el lapso temporal de dos siglos. Estaríamos ante el ocaso del proceso histórico de la anglobalización.


¿qué es la anglobalización?



Por tal término entendemos los usos y costumbres de la cultura genérica del ámbito anglosajón en su fase expansiva. No hay imperio o sociedad sin mitos institucionales; o dicho de otra manera: del desarrollo del Imperio inglés han surgido argumentos justificativos (nematológicos) del mismo, tanto para mantener su cohesión interna como para propagarse en otras sociedades. Siempre son más fáciles de ver o de percibir las repercusiones del hard power militar económico: sean tanto Guerras del Opio, la independencia de EEUU, las guerras mundiales, las de Oriente Medio, así como la red de paraísos fiscales o las relaciones comerciales preferenciales de los países miembros y satélites de la Commonwealth, que las soft power que los acompañan: música, teatro, televisión, snobismo, fútbol, liberalismo utilitarista, monarquismo o anglicanismo.

Reino Unido núcleo generador



El núcleo generador del modelo anglobalizador, su primera cristalización política «dura», sería el Imperio británico y la situación geopolítica resultante tras la batalla de Waterloo en 1815. Una victoria que reafirmaría el dominio de los mares y comercio obtenidos en Trafalgar (1805) dejando a un Reino Unido hegemónico - el territorio europeo de la placa anglosajona- frente a unos competidores muy debilitados en el continente. En la década de los 70´s del XIX el apogeo británico llegaría a su máximo esplendor, es el cénit del primera parte de la anglobalización. El anglosajón proclamaría su superioridad y la de su civilización. Unos ideales fundamentados en el exclusivismo cesaropapista y protestante de pueblo elegido; espíritu que afloraría  poéticamente en versos como los «The White Man´s Burden» de Kipling, que proclama líricamente la misión del hombre blanco anglosajón como ser superior, destinado a educar, cristianizar y civilizar a las razas pardas, pero, eso sí, sin mezclarse con ellas y siempre dejando clara la primacía del nórdico.
El racismo como ingrediente de un «ortograma imperial» – latente aún hoy día en EEUU- de un «Imperio heril» (según la clasificación canónica del padre Sepúlveda ) más preocupado en un primer momento por su acción predadora de recursos, la línea filosófica maestra de este imperios, que por la eleavación de un determinado conjunto poblacional, línea maestra del «Imperio civil» (siempre según Sepúlveda). Una sociedad en la que triunfó el «darwinismo social», que haría verdadero furor entre sus intelectuales de primera línea, que se radicalizará con la aparición de nuevas potencias en el continente como Alemania , Francia o Rusia. El liberalismo británico tomaría formas imperialista de intervención más duras y agresivas, si es que hasta el momento no lo habían sido poco,  a partir de los 80´s del XIX y uno de sus próceres, lord Rosebery, proclamaría enfáticamente en un discurso en el Royal Colonial Institute (que más tarde evolucionaría a la Royal Commonwealth Society) el año 1893 «Somos responsables de que el mundo, en la medida en que aún está por moldear, reciba un carácter anglosajón y no otro» Así quedará inscrito en el frontispicio del Imperio británico, lema anglobalizador que será guía para la anglosajonia de uno y otro lado del atlántico.
Nada original ya que cada parte de la tierra, organizada institucionalmente en imperios, quiere ser hegemónica e influir sobre las demás partes del globo a la escala que pueda y, guiándose según la prudencia que aconseje la fuerza o radio de acción de sus instituciones, tratar de englobar a las otras partes bajo su dominio. Pero lo llamativo de la anglobalización es que ese proceso se da por dos veces consecutivas en dos siglos  y protagonizado por la misma matriz cultural que cristaliza en dos proyectos imperiales distintos pero con un común denominador.

La entrega del testigo imperial




El acoso al que los nuevos actores imperiales del continente sometían al Imperio británico en el primer tercio del siglo XX era cada vez más estrecho. La propia evolución del siglo ponía a prueba unas viejas formas imperiales anglosajonas que habían quedado obsoletas frente al surgimiento del comunismo y de los nacionalismos industriales y proteccionistas, que también buscaban nuevos mercados coloniales. La anglobalización subsistirá gracias a la toma del testigo hegemónico de los anglosajones americanos. Paradójicamente, de aquella escisión de la anglofonía, producto de la dialéctica de imperios en la guerra de los siete años de siglo XVIII entre hispanos, anglosajones y franceses, nació la república que permitiría subsistir un siglo más al mundo anglosajón.
La entrega del testigo la haría un político de estricta ortodoxia imperialista -fiel a los principios del imperialismo liberal de lord Rosebery, a pesar de ser conservador- en los momentos de más tribulación de la IIGM, Sir Winston Churchill. El periodista Sebastian Haffner, en su biografía de Churchill interpreta con agilidad de la mejor crónica periodística el «ortograma anglobalizador» que rondaba en la cabeza del político inglés: «Pero una guerra tan larga lidiada en común (Churchill buscaba la alianza de Inglaterra y Estados Unidos en 1940 para luchar frente a Hitler, que por entonces no se daba), además de toda clase de horrores y sufrimientos, ¿no ofrecía también unas gloriosas e insospechadas posibilidades de unión? Si, junto con la victoria sobre Hitler, fuera posible algo así como la reunificación de todos los pueblos anglófonos, el poder así surgido, ¿no tendría el mundo entero a sus pies? » Claro que las ofrecía; y ambas naciones aprovecharon la ocasión histórica para seguir manteniendo el «carácter anglosajón» del mundo por medio de la anglobalización en la medida de sus posibilidades, de nuevo lord Rosebery, entrando en un proceso histórico más complejo.

La placa anglosajona



La entrega del testigo no se trata únicamente de la cesión de un «poder» a un pariente de las américas, no se trata de la entrega de un «legado» a un heredero. No, como bien señala Haffner, es un intento de «algo así como la reunificación de todos los pueblos anglófonos », que hace el proyecto más complejo y profundo. Estados Unidos dirige, pero Reino Unido y los territorios imperiales de Canadá, Australia y Nueva Zelanda se articularon en una placa en torno a la cabeza rectora.

Reino Unido aceptará verse reducida a sede de Centro financiero internacional, la City londinense conjugada con el Wall Street neoyorquino y los paraísos fiscales de la Commonwealth, y como cuerpo militar especial anglosajón (no se trataría de una aliado militar de los Estados Unidos, es un ejército más sólo que con tratamiento especial). La crisis del Canal de Suez provocó un reajuste en capas políticas inglesas, muy ancladas en el modelo decimonónico, que no alcanzaban a comprender la nueva transformación anglobalizadora. Problemas que fueron solventados con rapidez por las propias élites inglesas. Las dos partes comprendían a la perfección su función en los nuevos tiempos de la anglofonía en la «guerra fría».

Pero la idea es «la reunificación», constituirse en una placa que permita mantener ese «carácter anglosajón» del mundo en la «medida de lo posible» y que llegará a su máxima expansión en la década de los 90´s tras la caída del Gran Muro y la expansión financiera mundial, que había puesto en marcha a dupla ThatcherReagan con el Big Bang informático financiero.
Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, consintieron ser una especie de estados número 0 de la  unión de los Estados Unidos de América, pero tras la anglobalización, y gracias a la malla digital, ya están completamente conformados como algo más que Estados-nación: son una Comunidad política. Con mucha astucia la anglofonía ha mantenido la apariencia de un mundo dividido en Estados-nación, pero el ámbito anglosajón se ecualizaba a diferentes niveles reestructurando las viejas instituciones y adaptándolas a las nuevas coordenadas.

Nuevos tiempos, nuevas formas



¿Quiere eso decir que todas las actividades que se segregan desde la anglobalización sean justificativas de la acción imperial de la anglofonía? A un cierto nivel habría que decir que sí, pues nadie criado en su entorno escapa a una influencia directa o indirecta de sus instituciones coordinativas, aunque después sobre ellas se generen divergencias u opositores a esas líneas generales o rectificadoras de alguna en particular, como pueden ser el movimiento obrero, el independentismo irlandés, el keynesianismo, el Punk, La New Left Review, movimientos por la descolonización, europeísmo, los movimientos pro derechos civiles, etc. Es decir, no todas hay que considerarlas desde otros entornos en competencias como negativas o carentes de valor no ecualizables.

Pero no podemos minusvalorar el fenómeno, que poco a poco empieza a discernirse, del borrado de las identidades nacionales y la aparición de una identidad a nivel de placa. Todo el mundo anglosajón lleva troquelado más de medio siglo por fenómenos culturales y económicos comunes, que se veían cada vez más potenciados por el avance de las tecnologías, Shakespeare, JK Rwoling, The Beattles, David Bowie, Oasis, Elvis Presley, Michael Jackson, Frank Sinatra, Hollywood, todas instituciones que «reprogaman» la mentalidad a escala de un ¿ciudadano? que desborda su Estado-nación gracias al móvil y la malla digital. Un conjunto de programas que se han extendido al mundo para darle «carácter anglosajón».

Así vemos a una institución como la Corona inglesa, que suele ser el enlace perfecto para nombra Sir u otros títulos a los que colaboran en esa proyección y a los cuales se promociona institucionalmente en perfecta retroalimentación, transformada en un instución que desborda los límites de las islas.  La Monarquía británica que es vista como propia por los anglosajones de América, gracias a series como The Crown; financiada por una multinacional americana, (Netflix) y en la que un actor americano da vida a Winston Churchill, mito británico, que presenta a una familia real inglesa transformada en ejemplo dramático de la esencia de esos valores anglosajones comunes a toda la anglofonía,  mostrando el alto grado de fusión de la placa anglosajona.



China como límite



La anglobalización, como fenómeno  de expansión política y cultural  de la anglofonía ,toca a su fin con las guerras mediterráneas del sur y el oriente próximo, y es en su declive cuando nos atrevemos a delimitarla y clasificarla. La acción de «poder duro» de los anglosajones ya no se puede desarrollar más, y la aparición de un gigante -otra placa geopolítica- como China, que no puede ser atacada militarmente, está librándose del yugo financiero anglosajón, y es impermeable a las instituciones culturales anglófonas, cmabian el escenario de una manera en el que sólo cabe el repliegue ordenado de la expansión anglobalizadora, la toma de posiciones para una nueva «guerra» (la paz sólo es un período de entreguerras). De este modo se entiende la reacción coordinada del bloque anglosajón votando Brexit en una orilla y Trump en la otra. Fijando límites polémicos con la hispanidad (México) y China, tendiendo la mano a Rusia como posible aliado. Veremos como se va desarrollando este escenario.

Héctor Ortega, miembro del foro Repúblico Hispano

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