lunes, 24 de abril de 2017

Contracrónica: Francia frente a los imperios y bosquejos con lápiz de trazo grueso

     
   

              Fin de semana electoral en París. Pero en La Felguera están mucho más preocupados por «el clásico». Cristiano Ronaldo y Messi llenan las discusiones dejando poco espacio a la preocupación por unas elecciones en Francia que, siempre según la prensa, podrían ser el principio del fin de la UE. El atentado del viernes ha levantado pocos comentarios entre los felguerinos, es como si ya fuese habitual que eso pase en París. «Éstos ya no son lo que eran», comenta alguien en El Gaucho refiriéndose a los franceses. Y a la hora del vermú, aparece fugazmente la noticia en un telediario que al poco se olvida para regresar a la discusión sobre si debe jugar Bale (que nunca debió salir de titular), Isco o Asensio el domingo.
               París, como diría Pla, está a la baja. Lejos quedan aquellos días del proyecto imperial del bonapartismo que explica en un viejo libro el historiador Louis Bergeron «1811 fue el año del nacimiento del rey de Roma, así como también el del gran proyecto de transformación de París en capital de Europa. […] La voluntad de centralización, presente en la idea del homenaje monumental que habían de rendir, en las colinas de París, todos los soberanos del continente a su señor, aparecía al mismo tiempo de unificación económica». La UE vibra soterrada en este párrafo. París como medida de Europa, como centro y medida del mundo occidental que soñaron los bonapartistas. La ironía es que en estas elecciones quieren recuperar la perdida «grandeur» desmontando el proyecto imperial: «volvamos a la Nación». Es un intento de Restauración 2.0, una Francia completamente oprimida por el mundo anglosajón y su Anglobalización, por una Alemania potencia industrial y económica también acosada, como la propia Francia, que se vuelve más agresiva y crea un malestar, además de desmontar sus estados del bienestar, en el resto de pueblos de Europa en su competencia con los nuevos imperios no occidentales.
               Y la broma del destino es que un francés -que planteará un desastre de partido-, entrenador de fútbol, roba la atención en el mundo a los políticos franceses. «El clásico» se verá en toda la plataforma hispánica y por ende,  ya que España fue un Imperio, será seguido en el mundo. Es el siglo de las mallas digitales contra las que luchan esos políticos con sus discursos añorantes del viejo nacionalismo. Pero ya dijo Joseph de Maistre «el tiempo es el primer ministro en este mundo de Dios y no se puede hacerlo retroceder. Cada siglo tiene su propia fisonomía y es inútil tratar de restaurar la de épocas pasadas». Por mucho que se empeñen los candidatos franceses.

Romanos, lenguas imperiales y fútbol



               Melenchon, candidato de Francia Insurgente, se indigna porque un periodista de la BBC pretende que responda una pregunta en inglés. «Son intrínsecamente imperialistas» dice indignado el bueno de Jean Luc.


              Me quedo un poco patidifuso y le pregunto por guasap a mi colega en ERH, el gran Héctor Ortega, qué opina del asunto. Y me contesta rápido y con brillantez: «son herederos de la teoría imperial leninista. Todo imperio es malo. Pero es que Lenin, que era un anarquista, jamás elaboró una teoría clasificatoria de la idea de Imperio. Sus reflexiones son un tanto burdas y de trazo grueso; y se vuelven aún más vulgares al ir degradándose todo el siglo XX de panfleto en panfleto. No hacen la clasificación que hizo el Padre Sepúlveda entre Imperio heril, el imperio depredador de los anglosajones, y el Imperio civil de los españoles. Francia es una nación con vocación imperial pero sin Imperio real y se queda atrapada en la paradoja. No lo entienden.»
               Como siempre, Héctor Ortega dando en la diana. Y me lo confirma este texto de Bergeron, al que ya citamos arriba, cuando habla del proyecto antiborbónico diseñado por Inglaterra a comienzas del XIX « Fue la Inglaterra aristocrática la que formuló por primera vez, a través de la obra de Burke y desde los años 1780, una doctrina del conservadurismo político y social que habría de proporcionar en adelante sus elementos ideológicos esenciales a la contrarrevolución europea, contribuyendo así a unificar la resistencia con que muy pronto la libra esterlina habría de cimentarlas coaliciones. Si bien la hostilidad de Inglaterra hacia la Francia revolucionaria se hallaba dictada por sus intereses económicos nacionales, así como por el miedo social de sus propias clases dirigentes, no deja de ser cierto que hizo todo lo posible por imprimir a la contrarrevolución un carácter internacional que respondía a las pretensiones universalistas de la misma Revolución francesa.»
              No lo ven, son franceses. No entienden que los valores universales del borbonismo son en realidad puro voluntarismo y que los valores contrarrevolucionarios de Inglaterra se asientan sobre un Imperio colonial realmente existente. La revolución francesa en gran medida es un producto del fracaso de la guerra de los siete años en el siglo XVIII, de la incapacidad de Francia para hacerse con un espacio imperial como el que poseían España e Inglaterra.
              Es un acto de voluntarismo en los tiempos de las mallas digitales, de internet, tratar de enfrentarse a un plataforma, cuyo origen es un imperio, anglosajona desde un idioma como el francés. Es una batalla perdida de antemano. Y la prueba del nueve es que Melenchon acaba gritando «inglés no, español sí», que no deja de ser otra lengua «imperial». Mientras el Bueno de Melenchon trata de que Francia resurja y cae en la trampa de demonizar los imperios. Los ingleses, que nunca han renegado del suyo, se permiten las ya clásicas ironías desde los Monty Python, dejando ver que ellos sí que entienden que hay «clases de Imperios».


            Porque no hay nada más dañino para un imperio que otro imperio. Y si no ahí está ese invento de «el clásico». La gente que tenemos cierta edad, jamás llamamos al Real Madrid vs Barça «El Clásico». Nunca. Era el Madrid –Barça, y punto. Este invento de «El Clásico» fue una respuesta al proyecto internacional de la liga Premier inglesa, cuya idea era extenderlo por Asia. Ellos vendían el paquete de su liga, con los estadios llenos, masas cantarinas y animantes, las camisetas, un espectáculo de mercado global. En España se trató de hacer algo parecido, en un principio con La Liga, pero luego se apostó por el Madrid-Barcelona. En los 2000´s las giras absurdas por Asia fueron dejando ver que a los chinos, en realidad, el fútbol les importaba una higa. Los que ven fútbol son los iberoamericanos, el Oriente Próximo y África. Así que, cuando alguien explicó al los periodistas que era imposible que el partido Real Madrid-Barça fuera un «derby», nos centramos en Iberoamérica robándoles incluso la terminología: el Real Madrid-Barcelona sería «el clásico» de los «clásicos»; ya que hasta entonces «El Clásico» eran el River-Bocca argentino. Un supernegocio global. Fabuloso. Y encima un éxito porque está arrasando incluso a los medios anglos. Por una vez en Albión se encontraban con la horma imperial de su zapato.
           
             Es por esto que la última victoria del Barça la celebramos muchos madridistas: porque ganamos todos. Hay liga y hay negocio. Hay declaraciones de Piqué, que es el que mejor entiende el negocio como prueba su matrimonio con Shakira. ¡¡Viva El Clásico!! ¡¡Viva el Imperio!!


Velino y sus días contados



               Esto tendría que ser una veliniana. Pero desgraciadamente el tiempo en que publicaba en estos Apts las famosas velinianas ha pasado. Velino tomó rumbo propio, además de blog, y ha encontrado a otros editores que le den forma a sus textos; y creo que los ha encontrado estupendos. Así que no queda más remedio que escribir una crónica más de esas a las que llamo, no sé muy bien por qué, contracrónica. Y en esta crónica hay que pagar una deuda debida a nuestro buen Velino: decir bien alto que además de bloguero ahora es memorialista y ha sacado al mercado un libro de recuerdos titulado «Lápiz de trazo grueso» (título que se refiere a los lápices de carpintero que usaba su padre). Supongo que alguno de los escasos lectores que por aquí pululan habrá notado que no he escrito ni una palabra sobre su último libro. Y ese lector pensaría «¡qué desagradecido este Fdez! Que debe la escasa fama de sus Apts al buen hacer de Velino». El lector lleva razón.
              En el colmo de la traición, aún no he comprado el libro (pero este pecado se subsanará en breves días). Espero que Velino haya escrito un libro la mitad de maravilloso de lo que ha sido encontrarse con él en entrevistas de periódicos y radios. Da gusto leer y escuchar (fabulosa la entrevista en radio) a un hombre que ya da, como diría Baroja, las últimas vueltas al camino y que en lugar de amargarse celebra la vida. Qué diferencia escuchar al viejo Velino hablar con esa alegría del recuerdo de los días pasados y la esperanza estoica de lo que queda por venir; qué diferencia, decía, comparado por ejemplo con la última entrevista de un lloroso Michael Caine en El país, lamentándose : «mis días están contados» ¡¡Claro, los suyos y los de todos!!. La vejez decrépita no es la de los que están impedidos por las enfermedades, sino la de los que no son capaces de celebrar lo vivido. Un tipo como Caine, actor gigante, pícaro de barrio londinense, triunfador en el Londres vibrante de los 60´s y 70´s, con una carrera prodigiosa a sus espaldas. Un tipo que puede contar anécdotas como aquella en la que un día caminaba por las calles de Nueva York conversando con su compatriota Cary Grant -el gran Cary Grant, otro cockney inglés - y una señora, al verlos, se para y le dice a Grant señalando a Caine «¿sabe que es toda una estrella?», y Grant responde «¡¡¡Ya lo creo!!!». Un tipo que ha vivido todo eso, se ha quedado reducido a este triste anciano del periódico, sin pulso, sin carácter, con unos ojos apagados que se le salen casi de las órbitas, anegados en lágrimas, preocupado por comer «sin gluten» y tomar zumitos, después de décadas bebiendo el Nilo en una botella de ginebra.
             
              Frente a eso en las entrevistas de un Velino jovial que, con voz cantarina, como la de aquel Maestre Shalow del «Campanadas a Medianoche» le grita a Sir John: «¡¡¡Las cosas que han vivido, sir John , las cosas que hemos vivido. Las alegres noches en el prado de San Jorge, cuando las campanadas resonaban a medianoche Las cosas que han vivido!!!». Un poco de eso va esta obra de Velino, recuerdos y canciones, curvas de guitarra y de mujeres, periodismo en el que se esculpe de fondo el friso de la política local y , lo más importante, lo que más le gusta a nuestro buen Velino, lo que le pasa al gente. Ese es el leitmotiv principal de toda lo que se acumula en esas páginas, en el que se van con «contando los días» a trazos gruesos de lápiz de carpintero, con una sonrisa y sin amargura. Mirando al pasado sin ira y al futuro con esperanza e interés. Qué bien está envejeciendo nuestro buen Velino. Y qué suerte la de este humilde cronista de haber podido trabajar con él, codo a codo, en esto de la red. Aún recuerdo sus correos con el texto en bruto, vibrante, urgente y apremiante por contar la actualidad, mientras me tocaba editar los textos: y en aquel trabajo iba poco a poco dándome cuenta de que lo menos importante de aquellos textos era la actualidad puntual -aunque Veli me agobiase con la necesidad de sacara el material rápido, de que no perdiese el ráccord-, sino del decantado de la vida y un tiempo que había de fondo en ellos. Veli, siempre cabreado de que me recrease en poner culos y otras tonterías, lo que dejaba en aquellos textos es la imagen de un Oviedo que ya quedará fijado por siempre. En aquel ir y venir de correos de textos, empezó a fraguarde una relación en la que yo fui un poco el Boswell de la cuencas y un doctor Johnson ovetense. ¡Qué bien los pasamos y cuánto añoro aquellos fabulosos momentos de la velinianas! Tal vez por eso sigo con estas tristes contracrónicas, tratando de encontrar más que el hecho puntual, la marea de fondo del tiempo, como lo hace maravillosamente el Gran Velino.

Madrid tecnicolor


              Y de París a Madrid, leyendo el magnífico libro de Marcos Ordóñez sobre Ava Gardner, «Beberse la vida», me encuentro con este comentario de Perico Vidal (el libro es una recopilación de entrevistas de gente que estuvo alrededor de Ava Gardner en sus años españoles. Odóñez quedó fascinado con este personaje, Perico Vidal, asistente de director, amigo de Frank Sinatra y David Lean, juerguista, gran vividor; quedó tan fascinado que le dedicó otro libro: «Y allí estaban las dos- dice Vidal-. Lana con su melena rubia y Ava con su peinado a la española, con el pelo negro… Algo impresionante. Tanta belleza junta… riendo… en aquel Madrid tan oscuro, tan de blanco y negro…». Es un «ritornello» constante en todos aquellos que vivieron los años del franquismo: hablar del mundo en blanco y negro de aquella época. Como si alguien le hubiese quitado el color a a Madrid por la existencia de un régimen político determinado y hubiese vuelto a ponerlo con los años de la transición.
               Garci repite esto del «blanco y negro», pero no parece muy real que nadie le quitase el sol y el color a España porque en la cúspide del gobierno hubiese un general o un rey, parece más propaganda del la Santísima Transición que otra cosa. Vidal cita eso al periodista cuando es un hombre de ochenta años, muy contaminado por el ambiente ideológico que vivimos. Él confiesa en sus memorias no haberse enterado de casi nada del franquismo, estaba demasiado ocupado con sus rodajes, estrellas y jazz. 
               Pero es que si se va a las memorias de los exiliados de verdad, de los que tuvieron que hacer las maletas la largarse la impresión es la contraria. Jorge Semprún, cuando vuelve en los cincuentas a reorganizar el PCE dentro de España, habla del sol de Madrid, de la luz de España. No ve nada en «blanco y negro». Un tipo que llega de un París encapotado por un mantón plomizo y gris (¡¡«La ciudad de la luz», otra falsedad propagandística!! ¡¡¡La ciudad de la lluvia!!!) que se encuentra con un estallido de color. O también lo cuenta Carrillo, cuando narra en un episodio del programa de la Prego la famosa entrada de incógnito con la peluca, que el reencuentro más agradable fue volver a entrar en contacto con la luz de España, con el color, con la alegría de las gentes, en la que influye más la climatología que un determinado orden político de las cosas. Es la España que podemos sentir en Boccherini y su «Musica Notturna delle Strade di Madrid » 


               Es el Madrid en tecnicolor que revienta en las imágenes de las chicas de la cruz roja. Podrá decirse que era un Madrid pobre, atrasado..., incluso feo; pero no había general que le pudiese quitar el color.



La belle por bandera


               Un cretino critica, de forma cobarde y traicionera, desde la red este humilde blog. Me acusa de ser socialdemócrata antimarxista, anticomunista, de anti muchísimas cosas. Lo dicho: un cretino. Pero nuestro peor pecado, según este santo varón del apostolado marxista, es que aquí sólo ponemos mujeres desnudas. Resulta que este supuesto radical comunista, al que se le llena la boca de la clase obrera sin tener ni idea de lo que es madrugar para ir a trabajar, acaba coincidiendo con nuestra muy socialdemócrata Marquesona de Langreo, que le decía a nuestro Velino que yo era «antisocialista y un machista irredento».
              «Algo debo estar haciendo bien» para tener en contra a todos estos fantasmones de la supuesta «izquierda».
               En la calle me dicen:
              -Fdez, no lo dejes. Sigue colgando esas maravillosas fotos de mujeres. 
               Seguimos. Y como estamos en las elecciones francesas recuperamos una de sus glorias: la maravillosísma Emmanuelle Beart Y aquí la dejamos en sus esplendor de los 90´s en «La bella mentirosa». Siempre las bellas -en este caso la belle- por bandera, para que sigan criticando...












F.

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