viernes, 2 de junio de 2017

MasqApts: Pedro Insua, de la soberanía a la europeidad


Pedro Insua Rodríguez, incansable, vuelve a la carga en defensa de la Nación política y el concepto de soberanía entendidos al afrancesado modo. En este vídeo, recién publicado para la Asociación Hecatón, habla del concepto de Nación desde el Materialismo Filosófico. Es un repaso de unos 20 minutos que ha obligado a Insua a ser muy sintético pero que se ciñe al milímetro, sin desviación alguna, a la línea marcada por el Maestro en su obra «El mito de la izquierda».


    Dice Insua que la Idea de Nación política es muy reciente. Remonta sus orígenes a la Francia de la Constitución de 1791. La Nación política no proviene de la nación étnica sino del Estado, que en consecuencia es previo siempre a la Nación política. Insua destaca que en Francia «la soberanía se traspasa desde el Rey hasta la Asamblea, que representa a la Nación». Y, haciendo gala de pasión afrancesada, recuerda que la primera vez que el término de Nación se usa en el sentido político fue el 20 de septiembre de 1792. Entonces los soldados de Kellermann, en lugar de gritar «¡Viva el Rey!», gritaron en Valmy: «¡Viva la Nación!». En España (cuando habla de España se refiere a la península ibérica) la transformación política del Antiguo Régimen (que era un imperio tricontinental y no un reino establecido en el continente europeo como el Reino de Francia) a la Nación-estado se hace contra Francia en la Constitución de 1812. Insua destaca que en su artículo I se definía la Nación española como el conjunto de los individuos españoles que viven en ambos hemisferios (racionalización por holización). Así lo cuenta Insua: «se produce la holización, la atomización de la sociedad en individuos que participan directamente de la soberanía nacional, no teniéndolos en cuenta como pertenecientes a un estamento sino directamente». Y advierte Insua a los secesionistas (una de sus principales preocupaciones): «Si después se observan determinadas partes suyas como entidades nacionales, será a costa de romper lo ya constituido». Insua repasa los orígenes del secesionismo en el siglo XIX. Unos orígenes que ubica en la «derecha», por cuanto se trataría de reivindicar ciertos privilegios para determinadas regiones. Después lanza mandobles dialécticos contra su bestia negra particular: «el derecho a decidir». Así lo expresa: «Para que haya un derecho, tiene que haber un sujeto de derechos. ¿Y cuál es el sujeto de derechos para decidir eso que está indefinido?». Insua, con la vehemencia que le caracteriza, se pregunta: «¿Derecho a decidir qué?» La independencia de Cataluña, dirían ellos. Pero Insua, cual españolísimo Quijote, se sigue preguntando por qué no derecho a decidir la incorporación de Cataluña a Francia o a Italia. O decidir convertirse en una colonia española. Docenas de cosas más se podrían decidir según ese supuesto derecho. ¿Por qué sólo se usa para la independencia? También salta la pregunta sobre cómo se define quiénes son los catalanes para saber quiénes son los sujetos de derechos que podrían votar. «¿Quién hace el censo?», prosigue Insua indignado -aunque indignado materialistamente, que nadie confunda a nuestro Pedro con uno de esos desarrapados que se indignan en las plazas de España convocados por el maléfico Rubalcaba- . También destaca nuestro conferenciante que al permitir el plebiscito sólo para una pequeña parte de los españoles (los malísimos catalanes), se les está hurtando a los demás la posibilidad de decidir sobre un territorio que ahora es de todos los españoles.


   Pero el mejor momento llega en el tiempo del debate. Un joven, falazmente, con voz de pijillo socialdemocratizado, sin vibración en su voz del mínimo reverbero de materialidad española, plantea la posibilidad de que Cataluña pueda ser soberana como lo fue la misma España. Un Insua tronante denuncia la falacia, y la niega así: «¡¡¡La posibilidad no implica el ser!!!» Aprovecha para burlarse de los iluminados que piensan en placas y 7ª generaciones de izquierda: «Puede ser posible que se restaure el Imperio español. Por poder… la contingencia histórica de que se restaure, cosa por la que no doy un duro, el Imperio español». Y vuelve al modelo francés, siempre el modelo francés, en el que dice que la «Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano» rige y funciona como vertebración del orden jurídico y político de lo que será la República francesa desde el primer momento. Pero nos llama la atención que cuando habla del caso español, porque claro, aquí estamos defendiendo el concepto de soberanía nacional en España, tiene que conceder que en 1812 eso no sucede en Cádiz. Se abarulla Insua -como hace casi siempre que las cosas no le encajan en sus exposiciones- para decir que el ordenamiento efectivo legal se pone en marcha en 1820, pero que tampoco..., que la cosa, de verdad de verdad, se pone en marcha en la constitución de 1837. Son bastantes años… Pero lo más llamativo en esta defensa, lo que nos deja patidifusos, es cuando niega la posibilidad que la idea de soberanía se disuelva en Europa. Nos quedamos ojipláticos al ver a un Insua, que en su vehemencia por defender el concepto jacobino de soberanía, se revela como un europeísta exaltado así:«Díle tú a Francia o a… ¡si no existe España! ¡Oye, que la deuda que has adquirido me la tienes que pagar! […] Europa se constituye a través de las soberanías de los Estados. Se consolida la soberanía nacional en Europa, no se diluye.»
   Y así, don Pedro Insua, muestra la contradicción en las obras de Gustavo Bueno «España frente a Europa» y «El mito de la izquierda», dos obras incompatibles. Porque Insua tiene razón. Ser español, al contrario de lo que afirma Gustavo Bueno en «España frente a Europa», es ser europeo. Vamos, es ser miembro de la UE como coronación final de un proceso que empezó en 1837 depredando a nuestros hermanos cubanos (de esto ya hablaremos en otro capítulo). Esta conferencia se transforma así en un exaltado canto europeísta de Insua y termina mostrando las contradicciones internas de la filosofía política de Gustavo Bueno, ya que no se puede afirmar que la Nación española sea un producto del Imperio español, de su racionalidad política, de su norma, sino que es el producto de Francia. La España actual no es hija de ninguna segunda generación de izquierda como se afirma en el fallido libro «El mito de la izquierda» sino que es producto del proyecto de José Bonaparte, que se llevará adelante en la constitución de 1837.


Continuará...

F.

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