martes, 22 de agosto de 2017

MasqApts: El precio del gobierno Aznar


El último atentado de Barcelona, que en sí mismo es una batalla más dentro de la complejísima guerra asimétrica de reconfiguración mundial abierta desde la segunda guerra de Irak y, más en concreto, desde que se abrió el frente mediterráneo en el año 2010 en Túnez , nos retrotrae sin embargo al cierre del aznarato con los atentados del 11-M.; estamos ante la caída definitiva de la pata que quedaba del Aznar-pujolismo. Es evidente que las consecuencias de los atentados tendrán un hondo calado –sólo hay que ver la columna enloquecida que firma Antoni Puigverd este domingo- en toda la estructura política de la región. El jueves pasado esa furgoneta asesina se llevó algo más que inocentes turistas en su loca carrera, se llevó toda un régimen político que campeaba desde la transición.

El desbarajuste en la coordinación de los tres cuerpos de seguridad nacional tras conocerse las primeras noticias del ataque, fue unos de los primeros síntomas de un régimen que agoniza. Ha sido un auténtico desastre. La noche anterior al atentado, cuando se se produjeron las explosiones en el chalet de Alcanar, no se informó por parte de los mossos  a la guardia civil ni al cuerpo nacional de policía de los ocurrido, en una acto que como menos se podría tachar de negligente. Pero, al repasar las noticias en las que se informaba del incidente, la cosa empeora al achacar el origen de la explosión como consecuencia de las prácticas en un laboratorio ilegal de drogas. Se cerró cualquier posibilidad de que apareciesen los departamentos de otros cuerpos de seguridad especializados en terrorismo. A esto hay que sumarle que ya había precedentes de descoordinación cuando se desoyó los consejo del ministerio de interior de proteger con bolardos y maceteros zonas como las ramblas, probable objetivo de atentados de bajo coste como habíamos visto en el resto de Europa.

La precipitación de las autoridades regionales cuando se produjo el ataque, el intento patético de salvar un procés, tratando de presentar lo que es un gobierno regional con la autoridad y operatividad de uno nacional, ha resultado simplemente esperpéntico. Rajoy se ha visto obligado a usar de su mano izquierda y mantener un bajo perfil, para tratar de no irritar una situación que ya de por sí era compleja, al tiempo ti que recibía ataques desde el bando del independentismo catalanista y del nacionalismo español aznarista, que le acusaba de blando y poco decidido. El descaro máximo ha sido ver la salida a la palestra informativa de un auténtico sinvergüenza como Mayor Oreja. Antiguo ministro de Interior y uno de los mayores traidores a la patria; sólo hay que oír al concejal del PP Herzog para darse cuenta de qué personaje estamos, únicamente superado por su jefe. Hay que ser un desalmado para salir a quejarse de que no se hable en español en una rueda de prensa y que no se vean a las autoridades nacionales, cuando estos lodos, la entrega de la seguridad al nacionalismo, vienen de los polvos de un gobierno que en 1996 no dudó en comprar la estabilidad de dicho gobierno a los nacionalistas y el pujolismo al precio que fuese.

Hoy ya nadie parece recordar que hubo un momento en la amarga victoria de Aznar -como la bautizó su escriba de cámara, Pedro J Ramírez. Con quien siendo jefe de la oposición dibujaba su gobierno mientras hacían deporte en el frontón Abasota de Madrid-, en que en los editoriales de todos los periódicos, especialmente los de El País,  se hacían quinielas de quién podría ser presidente de gobierno. Aznar temblaba, ya que el plan económico de gobierno estaba trazado desde el exterior, la recuperación de España podría haber sido articulada por cualquier candidato, una vez desmantelada la industrial por el solchaguismo socialista. Y para poder ser presidente tuvo que ir a ponerse de rodillas a Pujol en los famoso pacto del Majestic. El desbarajuste policial e institucional que hay en Cataluña tienen ese origen.

Los pactos de la Majestic en realidad fueron el comienzo de un nuevo régimen en España, un pacto de derechas anglobalizadoras, el Aznar-pujolismo. La aznaridad, de la que hablaba el otro escriba a sueldo de Pujol, Manuel Vázquez Montalbán, no era otra cosa que un juego binario, de buenos y malos, en los que todos ganaban porque lo que se buscaba era un conflicto entre la población población, que entraba en confusión y en un lucha muta, al tiempo que se vendían las instrumentos nacionales vertebradores a multinacionales exteriores. Mientras en Cataluña se aleccionaba con el «España nos roba», en Madrid se empezó a construir una nacional-liberalismo cañí , abanderado por Esperanza Aguirre, lleno de retórica y agresividad contar toda manifestación regional, y que, en el fondo, acabó justificando al nacionalismo radical y al independentismo, convirtiéndose en su reverso, ya que todos compartían los mismos objetivos: la venta de la nación y sus recursos. El independentismo sería imposible sin Aznar, que en su juego de acusar a los demás de traidores era capaz, en reuniones secretas, de entregar la seguridad en Cataluña a aquellos a los que acusaba de todos los males de España.

No se diferencia en nada el nacionalismo de Aznar del de CIU. Es la técnica de los canallas que se envuelven en la bandera mientras se enriquecen. Todo eso estalló en Atocha cuando un presidente, en su delirio de grandeza, en un infatuamiento loco, pensó que al tiempo que vendía social, económica y territorialmente el país, es decir, mientras lo debilitaba, podía entrar en el complicadísimo juego las potencias internacionales. La explosión de los trenes en 2004 acabó con una parte del aznarpujolismo en España, pero no en Cataluña que siguió perviviendo.

Los atentados del jueves son la muerte del pujolismo. Sólo queda ver cómo se gestiona y qué fuerzas salen de esta acción que, sin lugar a dudas, marca un antes y un después.

F.

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